Breve poema de amor en domingo
Sobre el verso en blanco,
edifico la frágil melodía
de un domingo
que trae la lluvia
como discurso principal.
Madrid entonces
es un lugar
donde las ilusiones
y las quimeras
se recobran
tras los primeros
lógicos reveses
de una realidad
que, a todas luces,
nos recuerda
la hoja de ruta del otoño.
Caminaremos juntos,
caminaremos,
aunque padezcamos
el castigo de los dioses,
la inclemencia de unos tiempos
en los que los ángeles grises
se visten con ropas
de luz plateada.
En el silencio,
tras los telas anticuadas
y los oropeles que lucen
las vestimentas de los santos,
podemos distinguir
lo parco
que es el cotidiano manto
que nos envuelve
sin preguntas.
Tras la alambrada,
respiro dudas,
recojo el testigo
de otros que lucharon,
miro la explanada
vacía,
el campo baldío
enrejado.
Investigo
la historia de esta tierra
castellana,
donde habito,
donde la encina y el cuervo
son algo más que elementos
de este paisaje
simple y destartalado.
Si ambos habitáramos en palacios de cristal,
junto al Neckar,
podríamos ver el rojo
atardecer
sin ambages
y, por sus aguas,
navegar en barcas
en los que cantar canciones alegres,
beber de las fuentes,
saborear el pan del horno cotidiano.
¡Oh, Tübingen, ciudad de luz tardía
y placer de los sentidos!
Te han escrito Hölderlin y Heine
sus bellos versos
y yo te hago este homenaje
sintético.
Asimismo, recuerdo al amor,
en esta travesía
donde realidad y ensoñación
se juntan en dulce presagio.
edifico la frágil melodía
de un domingo
que trae la lluvia
como discurso principal.
Madrid entonces
es un lugar
donde las ilusiones
y las quimeras
se recobran
tras los primeros
lógicos reveses
de una realidad
que, a todas luces,
nos recuerda
la hoja de ruta del otoño.
Caminaremos juntos,
caminaremos,
aunque padezcamos
el castigo de los dioses,
la inclemencia de unos tiempos
en los que los ángeles grises
se visten con ropas
de luz plateada.
En el silencio,
tras los telas anticuadas
y los oropeles que lucen
las vestimentas de los santos,
podemos distinguir
lo parco
que es el cotidiano manto
que nos envuelve
sin preguntas.
Tras la alambrada,
respiro dudas,
recojo el testigo
de otros que lucharon,
miro la explanada
vacía,
el campo baldío
enrejado.
Investigo
la historia de esta tierra
castellana,
donde habito,
donde la encina y el cuervo
son algo más que elementos
de este paisaje
simple y destartalado.
Si ambos habitáramos en palacios de cristal,
junto al Neckar,
podríamos ver el rojo
atardecer
sin ambages
y, por sus aguas,
navegar en barcas
en los que cantar canciones alegres,
beber de las fuentes,
saborear el pan del horno cotidiano.
¡Oh, Tübingen, ciudad de luz tardía
y placer de los sentidos!
Te han escrito Hölderlin y Heine
sus bellos versos
y yo te hago este homenaje
sintético.
Asimismo, recuerdo al amor,
en esta travesía
donde realidad y ensoñación
se juntan en dulce presagio.
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