Lisette deserves a better Love

El sacristán ha visto hacerse viejo al cura 
El cura ha visto al cabo 
El cabo al sacristán 
Y mi pueblo después, vió morir a los tres 
Y me pregunto por qué nacerá o morirá gente,
si nacer o morir es indiferente 
Serrat 

Madrid recibió a Lisette
con una mañana de Abril incomparable.
Los madroños de la avenida
la saludaron
y ella no recordaba
recibimiento similar.
Venía con su sangre alterada
como el vino de Mendoza,
a trabajar de au-pair en la casa de Madame et Monsieur Pompidou.
Atrás quedaba Buenos Aires,
el humo que los autos
le regalaban a los rincones,
las noches en los bares
hasta el amanecer,
el qué sé yo como axioma.
Paseando por Hortaleza,
conoció a Mark un actor inglés
que le propuso sin más, ser amantes.
Ella se asió a él,
como el naúfrago se agarra a un tronco,
pero él no se preocupaba
por sus sentimientos,
él vivía en su mundo de necesidades satisfechas,
y ella decía it's ok.
Como una guerra de las Malvinas
adormecida,
ella lo esperaba cada sábado,
y él, Don Juan entre las bambalinas,
recitaba
los versos
para su público
semanal.
En su hedonismo,
en su soledad,
en su autoengaño, Lisette,
primera dama de la nada,
sentía el vacío de una duda,
el agravio de un deseo frío y calculado
para verbigracia de su alteza el señor desigual.
Pocos los vieron pasear de la mano,
y frutos de la indiferencia
se agolpaban
como miembros de una secta
insobornable,
que trasciende los lugares.
Mark no regresó a la cita un sábado.
El vuelo de british airways
se retrasó
y Lisette
dijo: ¡Qué quilombo!
La rendición había durado demasiado.
Lisette deserves a better Love.


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