Madrid iluminado por una luz dorada
La felicidad inminente de Pedro Salinas
Miedo, temblor en mí, en mi cuerpo:
temblor como de árbol cuando el aire
viene de abajo y entra en él por las raíces,
y no mueve las hojas, ni se le ve.
Terror terrible, inmóvil.
Es la felicidad. Está ya cerca.
Pegando el oído se la oiría
en su gran mancha subceleste, hollando nubes.
(...)
Madrid iluminado por una luz dorada,
rescoldo de la fragua que habita
en los talleres recónditos del más profundo invierno.
Estampas galdosianas que visitan
la realidad sin máscaras,
de la Fontana de Oro,
el antifaz transparente de
las plazas con palomas y gorriones
que se disputan el pan cotidiano.
Torpes palomas que apenas se mueven.
Hábiles gorriones que sin sustento las dejaron.
Calles por las que transitan gentes ocupadas
de gesto serio.
Más allá de la luz del atardecer,
verás hervir las alacenas
de los bares del centro.
Babel, metrópoli de muchos colores,
habitantes y viajeros borrachos
de origen incierto.
Ciudad sin frontera,
ni pasaporte,
ni salvoconducto.
Hecatombe,
murmullo,
oasis, paraíso costumbrista y desierto resplandeciente.
Lugar donde viajan las almas fatigadas,
los cuerpos jóvenes de corazón vacío,
los cuerpos no tan jóvenes con ansias de amar.
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