Balada de una noche de domingo

El silencio y la calma están en nuestro interior.
El silencio y la calma de las calles del centro
no son sólo la consecuencia
de un estado del alma,
en el que la noche
y su oscuridad
no presentan un agravio.
Los muros macilentos de las plazas
nos hablan de la historia de Madrid.
Las farolas donde se depositan
las luces que nos hablan de otro tiempo
no convocan al péndulo
en su caída
ni entienden de años nuevos.
Las gentes que se abrigan
para salir
y se abrazan
cuando se reencuentran
en los turbios andenes
de estaciones de tren
o junto a las estatuas
de reyes montados a caballo
o palacios con aroma a oriente,
dan testimonio
de que, pese a todo,
esta ciudad
se niega a perecer,
y a desaparecer,
pues trasciende la lógica de los jardines,
de los bulevares,
dispuestos para el arte de conversar.
El alma oscura se transforma en luminosa.
El viandante se diluye entre la gente formando un grupo
pero está solo
y vuelve a casa
llevando en su equipaje la vivencia
que construye esta balada de una noche de domingo.

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