Érase una vez un ogro malo y un príncipe bueno
Érase una vez un ogro malo y un príncipe bueno que vivían cada uno en su castillo allende la ribera de un caudaloso río que cruzaba un bosque encantado en el que vivían gnomos, duendes y hadas.
El ogro se llama Raicindo porque comía raíces de los árboles y se dedicaba a atemorizar a los gnomos en su fiesta anual, saltando sobre sus mesas de manjares suculentos y alcanzado los instrumentos musicales que utilizaba la orquesta que con tanto esmero ensayaba las canciones que a todos los habitantes de aquella pequeña aldea encantaban.
Asimismo, tenía este ser inmundo una habilidad especial para pudrir el agua de los ríos, y hacer maloliente el aire que circundaba cualquier lugar. De su aspecto se desprendía la fealdad extrema exagerada por una nariz alargada que parecía la rama de un abeto, unos dientes como cristales partidos y unos ojos verdes como los mocos. Era alto pero no tanto y con las únicas criaturas que mostraba ternura y afecto era con los insectos. Las mariquitas y las hormigas eran sus amigas. Pero no soportaba a las hadas. Esas presumidas, como él se decía, que se pavonean por los aires como si fueran aristócratas del viento.
El castillo que habitaba tenía un dragón en el foso y en su interior vivía con su esposa que preparaba sopas con cebolla y pisto manchego.
Al otro lado del río Nácar vivía un príncipe bueno en perfecta armonía con la naturaleza. Era amigo de los ciervos, de los caballos, de los pájaros a los que llamaba cariñosamente con nombres varios como amarillito, rojito, azulito, fosforito, etcétera.
Desconocía de la existencia de un ogro en la cercanía de su palacio de marfil que había sido construído por su padre el rey Anacleto I, que había sido cazador de elefantes y al que el joven príncipe Rigoberto no se le parecía, al menos en el carácter. Tenía los mismos ojos azul celeste que él pero no era tan generoso ni tan amable.
Un buen día, el príncipe Rigoberto salió a lomos de su caballo Resinante de su castillo para visitar el bosque ya que nunca solía explorar el exterior de sus posesiones imperiales, sino que se dedicaba al estudio de la astronomía y del ajedrez.
De pronto, tras las trigésimo quinta encina sonó un estruendo: Bacabum.
Él ignoraba de que se trataba del boicot del ogro a la fiesta anual de los gnomos pero cabalgó un poco más y encontró a aquel ser horripilante con las manos llenas de pequeños gnomitos y gracias a su habitual valentía le espetó estas palabras a Raicindo:
"Ogro que osas molestar a estos diminutos seres del bosque, ¡detente inmediatamente!"
El ogro lejos de detenerse le respondió de manera inmediata:
"¿Y quién me manda parar? ¿Quién es usted para osar frenar la impetuosa comilona que voy a darme? "
El príncipe continuó con su argumento:
" Soy el príncipe Rigoberto, hijo del mismísimo rey Anacleto I, conocido cazador de elefantes y dueño de estas tierras. "
Conocedor de las hazañas del grandísimo Anacleto, decidió batirse en retirada no sin antes advertirle a Rigoberto: "Sé que si su padre es capaz de matar un elefante, sería capaz de matar a un ogro casi del tamaño de un elefante. Por ello, si quiere que su reíno continúe en paz, no nos ataque ni a mí ni a las hormigas ni a las mariquitas. "
Rigoberto se montó en Resinante y llegó a pedir a castillo audiencia con su padre.
Anacleto montó en colera y ordenó que al día siguiente el castillo del ogro fuera derribado y las mariquitas y las hormigas fueran exterminadas. Pero para ello, Rigoberto fue a hablar con el hada Milagrosa para que hiciera un conjuro.
Milagrosa tenía la oficina hasta arriba de peticiones pero hizo un hueco en la agenda y se reunió con el príncipe que le comunicó de la urgencia y de la peligrosidad de su misión.
Lo entendió perfectamente y se convirtió en una ogra para no levantar las sospechas del ogro maloliente...
Anda que te anda, sin parar... Fue matando una a una de las mariquitas hasta que... El ogro la pilló y le preguntó : "¿Qué estás haciendo? ¿Por qué matas a mis amigas las mariquitas? Fuera de aquí..."
Ella rápidamente se defendió y contestó: "Me llamó el príncipe Rigoberto para que lo haga..."
"¿Quién eres? No te conozco... No eres de por aquí y en esta ribera sólo hay dos ogros... Mi esposa y yo"
El hada se explicó: "Soy el hada milagrosa. Como sé que odias a las hadas pues me disfracé de ogra para no fastidiarte doblemente..."
Raicindo, se había quedado pensativo. El hada decía la verdad y aquel había sido el acto más bello que él había podido observar desde que su padre jugaba con él en el bosque al escondite entre los troncos talados de abedul.
Su reconciliación con las hadas era total y decidió perdonarla.
Milagrosa, volvió cabizbaja y meditabunda a visitar al príncipe Rigoberto y le contó el fracaso de su misión. El príncipe se vió herido en su orgullo y gritó por primera vez en su vida ya que nunca había tenido un problema.
"¡Dios santo! ¿Cómo es posible? Te he enviado para que cumplas tu trabajo y me has desobedecido. A partir de ahora, te enviaré al exilio. A tí y a todas las hadas. "
Raicindo había conocido la piedad. Rigoberto, la ira y vivieron por casi siempre unidos a su nueva condición.
¿Quién sabe lo que la vida les iba a deparar?
Un ogro bueno. Un príncipe malo...... Esto me suena en algo a Goytisolo.
El ogro se llama Raicindo porque comía raíces de los árboles y se dedicaba a atemorizar a los gnomos en su fiesta anual, saltando sobre sus mesas de manjares suculentos y alcanzado los instrumentos musicales que utilizaba la orquesta que con tanto esmero ensayaba las canciones que a todos los habitantes de aquella pequeña aldea encantaban.
Asimismo, tenía este ser inmundo una habilidad especial para pudrir el agua de los ríos, y hacer maloliente el aire que circundaba cualquier lugar. De su aspecto se desprendía la fealdad extrema exagerada por una nariz alargada que parecía la rama de un abeto, unos dientes como cristales partidos y unos ojos verdes como los mocos. Era alto pero no tanto y con las únicas criaturas que mostraba ternura y afecto era con los insectos. Las mariquitas y las hormigas eran sus amigas. Pero no soportaba a las hadas. Esas presumidas, como él se decía, que se pavonean por los aires como si fueran aristócratas del viento.
El castillo que habitaba tenía un dragón en el foso y en su interior vivía con su esposa que preparaba sopas con cebolla y pisto manchego.
Al otro lado del río Nácar vivía un príncipe bueno en perfecta armonía con la naturaleza. Era amigo de los ciervos, de los caballos, de los pájaros a los que llamaba cariñosamente con nombres varios como amarillito, rojito, azulito, fosforito, etcétera.
Desconocía de la existencia de un ogro en la cercanía de su palacio de marfil que había sido construído por su padre el rey Anacleto I, que había sido cazador de elefantes y al que el joven príncipe Rigoberto no se le parecía, al menos en el carácter. Tenía los mismos ojos azul celeste que él pero no era tan generoso ni tan amable.
Un buen día, el príncipe Rigoberto salió a lomos de su caballo Resinante de su castillo para visitar el bosque ya que nunca solía explorar el exterior de sus posesiones imperiales, sino que se dedicaba al estudio de la astronomía y del ajedrez.
De pronto, tras las trigésimo quinta encina sonó un estruendo: Bacabum.
Él ignoraba de que se trataba del boicot del ogro a la fiesta anual de los gnomos pero cabalgó un poco más y encontró a aquel ser horripilante con las manos llenas de pequeños gnomitos y gracias a su habitual valentía le espetó estas palabras a Raicindo:
"Ogro que osas molestar a estos diminutos seres del bosque, ¡detente inmediatamente!"
El ogro lejos de detenerse le respondió de manera inmediata:
"¿Y quién me manda parar? ¿Quién es usted para osar frenar la impetuosa comilona que voy a darme? "
El príncipe continuó con su argumento:
" Soy el príncipe Rigoberto, hijo del mismísimo rey Anacleto I, conocido cazador de elefantes y dueño de estas tierras. "
Conocedor de las hazañas del grandísimo Anacleto, decidió batirse en retirada no sin antes advertirle a Rigoberto: "Sé que si su padre es capaz de matar un elefante, sería capaz de matar a un ogro casi del tamaño de un elefante. Por ello, si quiere que su reíno continúe en paz, no nos ataque ni a mí ni a las hormigas ni a las mariquitas. "
Rigoberto se montó en Resinante y llegó a pedir a castillo audiencia con su padre.
Anacleto montó en colera y ordenó que al día siguiente el castillo del ogro fuera derribado y las mariquitas y las hormigas fueran exterminadas. Pero para ello, Rigoberto fue a hablar con el hada Milagrosa para que hiciera un conjuro.
Milagrosa tenía la oficina hasta arriba de peticiones pero hizo un hueco en la agenda y se reunió con el príncipe que le comunicó de la urgencia y de la peligrosidad de su misión.
Lo entendió perfectamente y se convirtió en una ogra para no levantar las sospechas del ogro maloliente...
Anda que te anda, sin parar... Fue matando una a una de las mariquitas hasta que... El ogro la pilló y le preguntó : "¿Qué estás haciendo? ¿Por qué matas a mis amigas las mariquitas? Fuera de aquí..."
Ella rápidamente se defendió y contestó: "Me llamó el príncipe Rigoberto para que lo haga..."
"¿Quién eres? No te conozco... No eres de por aquí y en esta ribera sólo hay dos ogros... Mi esposa y yo"
El hada se explicó: "Soy el hada milagrosa. Como sé que odias a las hadas pues me disfracé de ogra para no fastidiarte doblemente..."
Raicindo, se había quedado pensativo. El hada decía la verdad y aquel había sido el acto más bello que él había podido observar desde que su padre jugaba con él en el bosque al escondite entre los troncos talados de abedul.
Su reconciliación con las hadas era total y decidió perdonarla.
Milagrosa, volvió cabizbaja y meditabunda a visitar al príncipe Rigoberto y le contó el fracaso de su misión. El príncipe se vió herido en su orgullo y gritó por primera vez en su vida ya que nunca había tenido un problema.
"¡Dios santo! ¿Cómo es posible? Te he enviado para que cumplas tu trabajo y me has desobedecido. A partir de ahora, te enviaré al exilio. A tí y a todas las hadas. "
Raicindo había conocido la piedad. Rigoberto, la ira y vivieron por casi siempre unidos a su nueva condición.
¿Quién sabe lo que la vida les iba a deparar?
Un ogro bueno. Un príncipe malo...... Esto me suena en algo a Goytisolo.
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