No renunciaré
No renunciaré
a lo que me conmueve:
A una puesta de sol,
a un poema entonado,
a un paisaje desconocido,
más allá de un castillo,
de un río, de un bosque,
al abrazo de unos hijos bien amados,
a una playa solitaria en septiembre,
a una voz al teléfono
que abre un paréntesis
cerrado hace años,
que construye el verso
y que duda, no llega a alcanzar
a encontrar la palabra,
a ese instante
que invoca el mayor de los gozos:
En el tren de la alegría,
siempre estás invitada,
siempre eres bienvenida
pero deja los puñales
en el andén.
No son necesarios.
Dáselos, si quieres, al vigilante.
No renunciaré
ni a uno solo de los motivos
que me llevaron
a proseguir el sueño de tu amor
ni a ninguna de las espinas
de las rosas del jardín sombrío.
Sobre las cicatrices,
madura a fuego lento
un sentimiento que no fenece.
¡Viva el beso de miel!
¡Viva la piel de terciopelo!
¡Viva el alma que recobró la luz
tras la larga y oscura noche!
a lo que me conmueve:
A una puesta de sol,
a un poema entonado,
a un paisaje desconocido,
más allá de un castillo,
de un río, de un bosque,
al abrazo de unos hijos bien amados,
a una playa solitaria en septiembre,
a una voz al teléfono
que abre un paréntesis
cerrado hace años,
que construye el verso
y que duda, no llega a alcanzar
a encontrar la palabra,
a ese instante
que invoca el mayor de los gozos:
En el tren de la alegría,
siempre estás invitada,
siempre eres bienvenida
pero deja los puñales
en el andén.
No son necesarios.
Dáselos, si quieres, al vigilante.
No renunciaré
ni a uno solo de los motivos
que me llevaron
a proseguir el sueño de tu amor
ni a ninguna de las espinas
de las rosas del jardín sombrío.
Sobre las cicatrices,
madura a fuego lento
un sentimiento que no fenece.
¡Viva el beso de miel!
¡Viva la piel de terciopelo!
¡Viva el alma que recobró la luz
tras la larga y oscura noche!
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