Era junio y era Granada
Era junio y era Granada.
Dicen los que lo cuentan
que se trataba de un mes frío.
La Gran Vía
tenía la forma
de un sendero de amargos naranjos
y sobre el suelo
mi madre andaba descalza
pisando sobre baldosas de cristales rotos.
Las chicas bien abortan en Londres, decía la vox populi.
Ella era una chica bien pero venida a menos
y la educación católica recalcitrante
le hacía vivir la vergüenza de ser madre soltera
de una
forma tímida, sosegada y obsesiva.
En su mueble, guardadas bajo llave
sus pocas joyas y sus cartas de amor
a un hombre que no la amaba,
que podría haber amado a cualquiera
en esa manera suya fría y distante
de separarse de todo,
con tanta elegancia.
Pese a todo, en la reconstrucción de los hechos,
un taxi avanzaba silencioso
por la avenida
y mi madre me llevaba envuelto en una toquilla.
Creo que entré a casa de mi abuela
por la puerta de servicio,
pues me habían dado ya siendo bebé el permiso de domingo,
y todos estaban en la comunión de una prima.
La sociedad de costumbres
ya nos recibía con un signo de interrogación.
Lejos de ser víctimas de las circunstancias,
éramos parte de las consecuencias propias
de gentes acostumbradas al exceso.
Dicen los que lo cuentan
que se trataba de un mes frío.
La Gran Vía
tenía la forma
de un sendero de amargos naranjos
y sobre el suelo
mi madre andaba descalza
pisando sobre baldosas de cristales rotos.
Las chicas bien abortan en Londres, decía la vox populi.
Ella era una chica bien pero venida a menos
y la educación católica recalcitrante
le hacía vivir la vergüenza de ser madre soltera
de una
forma tímida, sosegada y obsesiva.
En su mueble, guardadas bajo llave
sus pocas joyas y sus cartas de amor
a un hombre que no la amaba,
que podría haber amado a cualquiera
en esa manera suya fría y distante
de separarse de todo,
con tanta elegancia.
Pese a todo, en la reconstrucción de los hechos,
un taxi avanzaba silencioso
por la avenida
y mi madre me llevaba envuelto en una toquilla.
Creo que entré a casa de mi abuela
por la puerta de servicio,
pues me habían dado ya siendo bebé el permiso de domingo,
y todos estaban en la comunión de una prima.
La sociedad de costumbres
ya nos recibía con un signo de interrogación.
Lejos de ser víctimas de las circunstancias,
éramos parte de las consecuencias propias
de gentes acostumbradas al exceso.
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