Balada de domingo
Balada de domingo.
Ya bailamos el vals triste de la tarde,
la despedida en el rellano de la escalera,
la puerta del portal
que, estrepitosa suena,
al ser cerrada.
Llueve, y es junio.
Me entran ganas de escribir,
de escuchar la música de un piano,
de percibir el susurro del viento
entre tu pelo.
Vuelves a mí, sin previo aviso,
como si nunca te hubieras ido,
como habitante de mis días.
Mas luego entiendo que ésta es una balada
de domingo.
Mas luego me pongo
a fabricar el siguiente verso
y entregarme a
la construcción del tiempo venidero.
Asumir los colores que vienen del atardecer,
cultivar el buen acto,
sembrar el buen sentimiento
y que la flor del porvenir
no sólo crezca
radiante y dichosa
en jardines sitiados
por alambradas y rejas sueltas.
Dos perdices enjauladas
habitan en el alfeizar de una ventana
y ansían la luz.
Ya bailamos el vals triste de la tarde,
la despedida en el rellano de la escalera,
la puerta del portal
que, estrepitosa suena,
al ser cerrada.
Llueve, y es junio.
Me entran ganas de escribir,
de escuchar la música de un piano,
de percibir el susurro del viento
entre tu pelo.
Vuelves a mí, sin previo aviso,
como si nunca te hubieras ido,
como habitante de mis días.
Mas luego entiendo que ésta es una balada
de domingo.
Mas luego me pongo
a fabricar el siguiente verso
y entregarme a
la construcción del tiempo venidero.
Asumir los colores que vienen del atardecer,
cultivar el buen acto,
sembrar el buen sentimiento
y que la flor del porvenir
no sólo crezca
radiante y dichosa
en jardines sitiados
por alambradas y rejas sueltas.
Dos perdices enjauladas
habitan en el alfeizar de una ventana
y ansían la luz.
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