Tu espalda

Tu espalda es hermosa.
Cuando me la ofreces,
la admiro.
No como un manso amante
que se deshiciera
cada vez que la observa,
sino como un entusiasta
que hubiera descubierto el milagro
que supone la elevación
de las altas murallas de tu fortaleza.
Desconectas mi melodía,
y libre de interferencias o sintonías no deseadas,
aprietas el botón de encendido en tu propio aparato musical.
Bailas la danza del momento,
y te contemplo,
tan lejos, tan cerca,
como si el hielo de los tiempos
se hubiera fundido
y este reencuentro fuese
lo esperado pero no es.
En mis palabras no hay la reprobación,
porque el escenario estaba planteado con antelación.
No es el lugar, ni el momento, ni la hora,
ni nuestros cuerpos se mueven con sincronías propias,
pero no mendigaré un saludo, un gesto, una mirada.


Nos intuiremos sin invocar a los nombres propios,
sin forzar el discurso,
celebrando lo bello de la tarde,
el mapa futuro de las constelaciones,
la riqueza que nos trae el porvenir
y el hecho cotidiano.









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