El celador del Gran Capitán

Dondiego no era un flor,
aunque era un señor apuesto,
una suerte de caballero
de los que no necesitan presentación
pues son de sobra conocidos.


Érase una vez un donjuán de Granada.
Trabajaba de celador en el ambulatorio de Gran Capitán.
Procedía de familia adinerada
con terrenos en Guadahortuna,
en la línea fronteriza con Jaén,
y era dueño de
algunas casas solariegas.
Su familia era gente de raza y fortuna,
miserables por pura estrategia defensiva.
El abuso es un derecho.
La justicia es relativa.
Vivía su soltería con frescura y desenfreno
en las casas
de sus amantes
que siempre le esperaban en el zaguán.
Él las contaba por casadas,
viudas, solteras y arrejuntadas.
Eran tiempos de la ciudad católica, apostólica y pagana.
Habría que haber un hecho un censo
efectivo,
por si esto fuera cierto,
se le podría haber invitado a algún vino
no para celebrar su prepotencia
sino para contrarrestar su falsedad.
Homenajeaba,
sin saberlo,
a su casta de excelencia
en lugares de relevancia
y, cuando no quería ser visto,
escapaba como un gato
por las calles del barrio de la Magdalena.


Era propenso al alcohol y a las mujeres,
pero eso es algo común en nuestra urbe pseudoislámica.
La construcción de este poema
resulta casi balsámica.


Señores y señoras, muy respetables,
se inclinaban ante don diego,
aunque en su vis pública
tuviera el desempeño
del maestro de postas
al que hacía referencia Pushkin.





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