La manta que abriga

La manta que abriga al niño, es tan fina.
La manta ausente al niño, es tan gruesa.
Pero aunque caliente de forma discontínua,
su efecto perdura
y se resiste a desaparecer
como llama que se agota
en el candil.
Su no presencia hiere
como una daga que, sutil,
entrara por el costado,
como hoja de papel blanco
que nos cortara el dedo
por su filo.

La cama del niño está vacía.
La casa no revive sin su risa
pero cuando él la llena
con su sola figura,
un mundo pequeño se hace gigante,
llevando
recuerdos de colores en su maleta.








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