La lógica del estío

Abrir la ventana,
recuperar
la brisa
que viene entre los muros
donde crece la enredadera.


Dejar a la luz
de la tarde
que nos acaricie
con su ternura
infinita.


Mirar al cielo
y descubrir
la forma de las nubes.
Los nimbos, los cúmulos,
representando diferentes geometrías,
simetrías, asimetrías,
estructuras desordenadas.


Notar el suelo que uno pisa,
y contemplar el asfalto.


Madrid está llena de islas de hormigón,
de cajas de zapatos,
que habitamos.


Aprendimos a mirar
tras las cortinas
que daban al balcón de la calle,
sin más luz que la de una farola,
o del brillo que se desprendía de
un edificio
con grandes luces de neón.


En esta errática balsa
que navega por un océano
de desidia,
de mecánica urbana,
se construye la lógica del estío,
que se opone
pacíficamente al ostracismo
que los sumos sacerdotes
de las buenas costumbres
imponen.





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