Tras el armario

Tras el armario,
había una habitación escondida.
Un reducto irreductible
donde la sociedad provinciana
y de costumbres
recluía
a sus vergüenzas.
¿De qué había que avergonzarse?
Estábamos sanos y éramos libres.
A veces,
ese mundo que se erguía en
colisión contra el mundo oficial,
respondía
al lento discurrir
de las cosas,
a la lógica inconmovible
del ahora porque sí,
a la hora programada
de las visitas de las señoras
de la parroquia de San Matías.
Caminábamos con prisa y
mi abuela agarraba mi brazo
a la salida de misa.
Yo saludaba a los amigos del barrio,
aquéllos niños con los que ella no
deseaba que jugara
y de los que envidiaba su libertad.
Años más tarde,
me emancipé y revisé
la proposición ahora porque sí
y le dí la vuelta
en sus significados posibles.
Entonces, se deshicieron los muros
unos construídos por la rancia moral,
otros fueron derruídos a medias
contra el andamiaje de la educación tradicional.
Lejos, en el barrio que albergaba la escuela,
se respiraba otro aroma. Allí estaba el arrabal,
el carmen con la palmera, cerca de la muralla,
entre los cardos y las chumberas,
donde se respiraba el aire
de la evasión propuesta
en este camino de huídas,
de crisis sentimentales no aceptadas,
de llantos
junto al aljibe
de las horas muertas.


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