¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y dos)

Misha Mikhailov volvió a su casa después de tener aquel ingrato encuentro con Dimitri Nikiforov en los talleres de la agencia agrícola estatal. No lo conocía apenas pero ya intuía que se trataba de un hombre muy inteligente y que como él ansiaba el amor de Svetlana. Un hombre enamorado, y francamente irritado por la cuestión que se presentaba ante sí, una cuestión difícil de aceptar que tenía una doble vertiente: Por un lado, la amabilidad con la que Sveta se mostraba ante Misha, y después el escándalo y el escarnio que podría formar su supuesto romance. La luz del atardecer se divisaba por la ventana, y en el lago las aves se posaban como cisnes heridos por el aire macilento del otoño.
En los cristales, rayos irisados traspasaban y dibujaban figuras geométricas sobre el suelo de la habitación, mientras Misha escuchaba a los niños juguetear en la habitación de al lado. Un serio dilema vital al que se enfrentaba y una decisión a la que no podía renunciar pues aunque amaba hasta lo más íntimo de su ser a aquellas criaturas que hacían que la tierra se pareciera a un paraíso que cabe en un paréntesis, debía ir al lado de la depositaria de todos sus afectos, la ciénaga de todas sus pasiones.
Como la Beatrice de Dante, Misha empezó a componer un cuaderno de versos y lo nombró sin tí todo es exilio, en el que analizaba la génesis de su sentimiento, la honda quietud de sus emociones, la luz que sus ojos le habían traído para alumbrar sus más oscuras cavernas no conscientes.
¿Qué hacer con aquel hombre que se oponía a la corriente de amor fulminante?
Por un conocido común, Misha se enteró de que Dimitri era al igual que él un entusiasta del ajedrez, y conocía las partidas de los grandes maestros como Karpov, Kasparov, Geller, Spasski o Fischer.
Sobre el tablero, todo por llevar a cabo.
Sobre la mesa del escritorio, un cuaderno con hojas en blanco y aquella noche no fue a cenar con la familia. Se quedó largo rato fabricando lentos versos a su amor, que como vagones de un tren insconciente arribaban a la estación del recuerdo, donde todo es más fácil y todo es distinto, donde la infancia es una isla que vuelve al mar del presente.
Sveta, sin saberlo, había abierto una puerta y él había entrado con puro placer a un jardín del que sería difícil salir o siquiera evadirse.
Luego de terminar su primer poema, comenzó una carta con una misiva urgente: "Querida Sveta: Tenemos que vernos, pero sé que para tí será difícil. No te pido que mientas pero tampoco que muestres toda la verdad. Haz como si nada y déjame hacer, haz lo que tengas que hacer. En tí confío. "
Llamó a su amigo Ivan Urusov y se la entregó con un claro encargo: Nadie debía saber que él había firmado la carta.
¿Cómo resolverán su primer encuentro secreto queridos y queridas lectores y lectoras?
Todo está por escribir todavía...

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