¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov?

Misha Mikhailov vivía en Moscú y siempre había llevado una vida tranquila, sin sobresaltos, alejado de cualquier problema. Su infancia había transcurrido en una dasha de las afueras en la cual se había criado con su abuela materna y con su madre y en su historial médico no se conocían apenas traumas ni casos neuróticos de forma clara. Pero él era un hombre solitario que iba ocupado con algún libro, y en la literatura buscaba el refugio que el hogar apenas había logrado conceder. Su madre trabajaba en la fábrica de automóviles de su barrio, y Misha se sentía solo como un gato abandonado en un callejón lúgubre respetado únicamente por la luz naranja del sodio de las farolas.
En su eterna búsqueda, le faltó buscarse lo bastante. Algún experimento había realizado en los veranos en la costa ucraniana, pero eran meros intentos retrospectivos. Era un profundo amante de los versos de Rilke en sus elegías del Duino, y conocía a Baudalaire, en cuyo vino había bebido del tibio caliz de los que apenas tienen arreglo.
Cuando se graduó Misha se mudó a Kazan. Allí conoció a su primer Maria Nikolaievna, una ingeniera de ferrocarriles con la que rápidamente conectó. Ambos fundaron un primer nido de amor, y vinieron los hijos Alexander y Sergei. Pero Misha seguía en su sempiterna fuga, sin hallarse en sí mismo, el amor de sus hijos era muy grande pero había tanto vacío, tanta soledad, que la distancia entre Kazan y el Moscú olvidado de tiempos de su madre y de su abuela era un mero dato.
Comenzaron sus trabajos en la empresa agrícola estatal y allí de repente creyó ver la luz. En su puesto de trabajo, como mecánico de tractores, conoció a un ángel venido de algunos de los cielos que apenas conocía. Una mañana, vió entrar por la puerta del taller a una funcionaria del estado con traje oficial de chaqueta, Svetlana Stepanovski, que se presentó por su nombre y le dijo que habían de colaborar juntos en la planificación de la reparación del tractor nº 444 y del tractor nº 440.
Simpatizaron. Las horas junto a ella eran gran alegría y su sonrisa era el mejor de los regalos. Pero no olvidaba a su esposa que tan duramente trabajaba en su oficina y después regresaba siempre puntual a recoger a los hijos de la escuela. ¿Qué hacer frente a aquel torbellino de amor que se le presentaba delante? Obviarlo y ceñirse al principio de la realidad. Dejó volar su fantasía y vió a Svetlana paseando junto a él en un parque lleno de almendros en flor.
Pasaron los meses, los años, Misha se había enamorado de Sveta pero había un detalle que no estaba calculado: Sveta estaba casada y tenía una hija de la misma edad que Alexander y eran compañeros de escuela.
Alguna vez la había visto caminar cerca de la escuela 331 donde ambos iban pero no le había dado ninguna importancia.
Recordó a Tolstoi y a esta especie de Anna Karenina que se le anticipaba como jugada estratégica, pero todavía así siguió adelante.
Como el que no quiere la cosa, una tarde asió su mano y un gesto firme y a la vez entregado se la llevó a los labios y la besó. Ella tenía el rostro sonrojado y todo iba bien hasta que apareció el marido de Svetlana por la puerta del taller.
"Señor, buenos días, ¿qué se le ofrece?", dijo amablemente Misha.
"Vengo a saludar a mi esposa, mi nombre es Dimitri Nikiforov. "
"Oh, adelante. Pase, con mucho gusto le saludo yo también." Se miraron. Entre los dos hombres había la tensión del comienzo de una batalla, las espadas estaban en alto y ahora Rilke y Yevtushenko no podían intervenir.
Pushkin los miraba y contemplaba su reloj, calculando cuándo sería el momento de fijar la fecha del duelo pero era Kazan, mil novecientos noventa y éso no ocurría con tanta facilidad.
Al terminar el interrogatorio, el marido salió del taller, les había tendido una trampa pero ellos no sabían nada del asunto.
Dimitri se puso a trabajar rápidamente en su estrategia.
Se llevó a la niña a la casa de campo que los padres tenían a las afueras de Kazan y a los amantes los condenó a una especie de muerte social.
Para ello, habló con un influyente pensador alemán que se llamaba Karl Konrad Adenauer y juntos convocaron a todas las gentes que conocían a Misha y a Sveta para hacerles ver que el amor adúltero era una cosa tan grave que ponían en riesgo la integridad de la institución familiar. Los entramados del sistema sufrieron un terremoto y en la pequeña ciudad de provincias, el Kremlin estaba nevado
al igual que las ideas que el sucinto conjunto de discursos traía consigo.
"¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov?"
Se preguntaba la gente.
La respuesta se la dejo a ustedes, amables lectores y lectoras que tan bien sabrán interpretar el tamaño de la situación.

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