¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y cuatro)

Los días que siguieron al primer encuentro de Misha y Sveta fueron formidables para ambos pero una tormenta se cernía sobre sus vidas y avanzaba sigilosamente en la fábrica de alguna noche lúgubre y desde el despacho de Dimitri.
El plan de éste era bien claro y simple: Alejar a su hija de ella y obligarla a tomar una seria determinación. Mediante una carta él le expuso todo un conjunto de motivos y razones para la compostura y la seriedad.
Sobre la mesa del recibidor, él la dejó antes de salir hacia el autobús de la calle Karl Marx.
Cuando Sveta la leyó un mar sin redención inundó sus ojos. ¡Era tanta alegría la que había en su corazón! ¡Era tanto el mágico silencio que rodeaba a sus habitaciones hasta ayer malheridas por el tedio, el cansancio y la resignación!
Pero exploraría todas las posibilidades, y hablaría con su mejor amiga Masha para la que habría todo lujo de detalles y podrían entre las dos tomar juntas una buena decisión.
Masha Petrova vivía en Kaliningrado y para ello tendría que tomar un tren en cuyo interior recorrería casi toda la Rusia europea.
La casa de su amiga estaba situada en el centro de la ciudad, en una zona de jardines, y edificios antíguos bien conservados. Masha era su referente y la conocía desde la infancia. Ella era la única que en los momentos de graves crisis la escuchaba y la asesoraba sobre asuntos de amor y de la vida en general.
Al otro lado del umbral de la puerta, se escuchaba una música clásica amistosa, un canto a la alegría tal vez pero era difícil de definir quién era el creador. Le encantaba.
La sonrisa de Masha sirvió de manto cálido en aquella mañana fría de Febrero.
"¿Cómo has hecho el viaje, querida? Kazán está tan lejos. Me siento muy sola aquí. Parece que vivo en un país extranjero", inició la conversación.
"De soledad, y de exilio, venía yo precisamente a hablarte", irrumpió Sveta como saliendo de un pozo en el que hubiera estado encerrada durante mucho tiempo.
"Cuenta, cuenta, querida, ¿no deseas dejar tu equipaje en el cuarto y mientras hago una taza de té?", Masha era tan acogedora, y siempre se sentía con ella tan cómoda, que deseaba que vivieran juntas.
"Sí, sí, deseo dejar las maletas y bañarme", afirmó Sveta que en aquel momento se sentía como en casa.
Había recorrido 2084 kilómetros y creía haber encontrado el paraíso.
Pero el paraíso duró lo que un azucarillo en el café,
cuando Sveta arrancó con la agria carta que Dimitri le había escrito enumerando una a una de las condiciones que le imponía para que dejara de ver a Misha, un río de sal fue despojado de sus ojos que como dos rubíes iluminaban su cara, su piel rosada, y su pelo del color del oro.
Masha haciendo uso de toda la ciencia de la que disponía, se armó de valentía y empezó a aconsejarle ante todo calma porque se trataba de un tema muy delicado y no debían entrar en errores tácticos.
Sacó una hoja de papel y empezó a enumerar en orden de importancia aquéllo que para Sveta era vital. Su hija, fruto de su vientre, era fundamental. No podía vivir sin ella, y hacerlo sería parecido a una muerte en vida. Abandonarse al destino junto a un nuevo compañero, ¿quién sabía lo que les iba a deparar el destino?, ¿de veras lo amaba tanto como para dejarlo todo, absolutamente todo, por él?
Después del mediodía y de hablar y hablar y seguir hablando, tomaron algunas conclusiones.
Tomaron para el almuerzo sopa de remolacha y algunos blinis.
El vino en este caso era alemán, un vino blanco del Rhin, que Masha compraba en el supermercado internacional que habían abierto tras la caída del Muro.
Para finalizar terminaron aquel paréntesis gastronómico con un helado de frambuesas fabricado en Italia.
La sobremesa fué sobretodo afectiva, y recordaron sus juegos de niñez y lo bien que lo pasaban juntas en casa de los abuelos de Masha, Valentina y Piotr.
Cuando después del día de charla y conversación de aquellas dos amigas, veteranas de combate cotidiano, se despidieron para dormir, Sveta tenía las ideas más claras y había tomado la gran determinación, pondría las cosas en su lugar y no habría vuelta de hoja tras su contraataque fulminante.
Días después... Kazan era un manto de nieve y Dimitri la esperaba en la estación de tren, con cara de pocos amigos, consciente del tamaño de aquella situación inusitada e histórica donde tendría que hacer frente a una pareja de... ¿enamorados?
El viento era gélido y el río Volga estaba congelado.
Misha aguardaba los minutos en su taller de tractores para salir del trabajo, recorrer las calles hasta llegar hasta el café Pushkin donde aquella tarde se reuniría con su amada.

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