¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y dieciseis)
Svetlana era un mar de dudas.
Ni las conversaciones con sus amigas y confidentes la habían calmado ni los viajes que por trabajo realizaba habían podido darle la calma que tanto ansiaba, en búsqueda de respuestas, pistas, o indicios de ella misma.
Tras su belleza inquieta vendría el equilibrio que su pragmatismo sabía conceder a cada situación, la inteligencia de sus argumentos, la elegancia que de cada movimiento se destilaba parecía el baile de un cisne blanco sobre un estanque de aguas en la que su escaso movimiento fuera alterado únicamente por la fuerza de una brisa que crecía de a poco.
Trabajaba incansablemente, cuidaba de su hija a la que llevaba al parque al terminar la escuela y cuando llegaba a casa Dimitri la esperaba con su manojo de dudas, con su enfado, su rabia y su ira, con el hielo que en la Siberia natal de sus padres había en cada madrugada cuando ésta cambiaba su nombre por el alba, incluso en algunas estaciones aparentemente cálidas.
Aquella tarde, la luz del jardín permanecía lánguida y Svetlana llamó a su madre para decirle que en el fin de semana saldría rumbo a Vladivostok en el tren transiberiano.
En caso de los Konstantinov, sonó el teléfono y una voz madura preguntó: "¿Diga?"
Al otro lado, Svetlana comenzó a hablar: "Mamá, soy Sveta. Llevo media hora intentando hablar contigo... y... estoy muy preocupada, creo que voy a ir a visitarte."
La madre podía notar el tono de voz entrecortada al otro lado del hilo de cobre y rápidamente le contestó: " Ay hija, lo siento. Había salido con tu padre al mercado. Los miércoles hay puestos de flores y deseaba tanto decorar la casa. "
Por otra parte, Svetlana no tuvo tiempo de argumentar pero en una frase rápida:
"Mamá, voy a verte. Algo terrible está pasando en mi vida y necesito contártelo todo."
La madre preocupada al otro lado del teléfono, la acariciaba con su voz tranquila:
"Sí, corazón, ven cuando quieras. Las puertas de esta casa están siempre abiertas para tí y para la pequeña Valentina. "
"Gracias", dijo respirando con alivio.
"¿Cuándo vendrás?", preguntó su madre.
"El domingo saldré a las 6 de la tarde y no llegaré hasta el día siguiente a las 7 de la tarde",
Con la paz del que habla con un ser querido, Svetlana siguió con sus quehaceres y fue a avisar a Valentina que estaba viendo unos dibujos animados checos en Televisión.
Ni las conversaciones con sus amigas y confidentes la habían calmado ni los viajes que por trabajo realizaba habían podido darle la calma que tanto ansiaba, en búsqueda de respuestas, pistas, o indicios de ella misma.
Tras su belleza inquieta vendría el equilibrio que su pragmatismo sabía conceder a cada situación, la inteligencia de sus argumentos, la elegancia que de cada movimiento se destilaba parecía el baile de un cisne blanco sobre un estanque de aguas en la que su escaso movimiento fuera alterado únicamente por la fuerza de una brisa que crecía de a poco.
Trabajaba incansablemente, cuidaba de su hija a la que llevaba al parque al terminar la escuela y cuando llegaba a casa Dimitri la esperaba con su manojo de dudas, con su enfado, su rabia y su ira, con el hielo que en la Siberia natal de sus padres había en cada madrugada cuando ésta cambiaba su nombre por el alba, incluso en algunas estaciones aparentemente cálidas.
Aquella tarde, la luz del jardín permanecía lánguida y Svetlana llamó a su madre para decirle que en el fin de semana saldría rumbo a Vladivostok en el tren transiberiano.
En caso de los Konstantinov, sonó el teléfono y una voz madura preguntó: "¿Diga?"
Al otro lado, Svetlana comenzó a hablar: "Mamá, soy Sveta. Llevo media hora intentando hablar contigo... y... estoy muy preocupada, creo que voy a ir a visitarte."
La madre podía notar el tono de voz entrecortada al otro lado del hilo de cobre y rápidamente le contestó: " Ay hija, lo siento. Había salido con tu padre al mercado. Los miércoles hay puestos de flores y deseaba tanto decorar la casa. "
Por otra parte, Svetlana no tuvo tiempo de argumentar pero en una frase rápida:
"Mamá, voy a verte. Algo terrible está pasando en mi vida y necesito contártelo todo."
La madre preocupada al otro lado del teléfono, la acariciaba con su voz tranquila:
"Sí, corazón, ven cuando quieras. Las puertas de esta casa están siempre abiertas para tí y para la pequeña Valentina. "
"Gracias", dijo respirando con alivio.
"¿Cuándo vendrás?", preguntó su madre.
"El domingo saldré a las 6 de la tarde y no llegaré hasta el día siguiente a las 7 de la tarde",
Con la paz del que habla con un ser querido, Svetlana siguió con sus quehaceres y fue a avisar a Valentina que estaba viendo unos dibujos animados checos en Televisión.
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