Pilar era la patrona de Zaragoza

¿Quién iba a decir que se llamaba Pilar?
Yo la habría llamado Marie, Chantal, Frau Weisswein.
Cuando Andrés la llamó por teléfono para concertar la entrevista
de trabajo, distinguió al otro lado
además de su acento zaragozano,
una elegancia natural
y un estilo que nada la identificaría
con el oficio de informática.

Pero sí, Pilar llevaba décadas
en la oficina, conocía todos los detalles
del trabajo
y tenía dotes de mando
propias de su alcurnia,
de nuevos ricos aterciopelados
con olor a Channel nº 5.

Se mezclaba con el populus
con mucha habilidad
y hasta le daba
a uno la impresión
de que de veras
decía aquellas cosas tan amables.

La verdad es que Pilar
había vivido la dolce vita
de Caesar Augusta,
sin mover un dedo,
era prestidigitadora , ventrílocua
y marionetista.

Por las mañanas de la nueva ciudad
de nuevos aires,
y cañerías malolientes
Pilar era la reina de todas las reinas
y las aspirantes
a reinas
por un día
formato juventudes del Partit Popular
hacían cola
en su mesa de escritorio
al igual que lo harían
en el corte inglés de Preciados
para un libro de Fraga Iribarne o el ínclito Felipe González,
alias agente de la Cia.

Pilar,
en su trono,
defecaba caca dorada
y Zaragoza aplaudía
menos Andrés y tantos otros y otras,
diminutos cartagineses venidos desde otros palacios
menos brillantes.

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