¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y ocho)
En sus encuentros con Svetlana, Misha había notado que se había enfriado el café pero en sus ojos (él creía firmemente en ello igual que siempre) pervivía la llama del amor.
Como en su particular experimento freudiano, cuando su madre se alejaba por un largo rato y después ya cansada y despojada de todos los vestidos oficiales y máscaras de carnaval que a diario tenía que utilizar por su trabajo, se sentaba junto a él y le dedicaba un recital de risas y sonrisas.
Pero no era siempre. Y por éso él buscaba y buscaba, por si llegara ese momento mezcla de alegría y estallido innombrable donde sin despliegue de ningún tiempo, sino con la levedad de un soplido Misha era acogido por fin en los brazos de su ansiada tierra prometida.
La vida sexual en la Unión Soviética estaba muy censurada por parte del Partido Comunista y Misha creció en los años en los que la televisión apenas mostraba señoras en bañador y su primer contacto con el erotismo en la adolescencia fue en una tienda del Estado en la que podía adquirir folletos de lencería para señoras. Ahí aparecían algunas modelos y Misha mostraba todo su desenfreno. La madre apenas le habló de qué se hacía según en qué casos y todo transcurrió según la vía de los secretos que compartían los camaradas de los Juventudes y sus compañeros del Instituto Técnico. Pero aprendió algo y es que las Mujeres no eran como sus amigos decían. Se aficionó a la poesía, a la literatura, le gustaba leer horas enteras, tardes enteras y su madre le proporcionaba libros.
Para una compañera de clase, una vez escribió: "Masha es como el viento, inabordable. Lo mismo cambia de ánimo, que desaparece. "
Aquellos versos iniciáticos, eran simple testimonio de ese amor adolescente incompleto, de algunos besos robados en un banco de un parque a la salida del Instituto Técnico.
Más tarde conoció a un primo suyo que lo instruyó en el noble arte de las cintas piratas de contenido pornográfico. Aquéllo le impactó y le creó una falsa imagen de las relaciones sexuales, con dos cuerpos que se movían a ritmo gimnástico y lanzaban alaridos de supuesto placer, al golpe del que sube una cuesta en una bicicleta pero todo era una gran falacia.
Aquéllo entroncaba con un mecanismo del placer inabordado hasta ahora y que le servía de opio, era como el vodka para los dolores tras una herida.
Y así pasó la vida, en relaciones efímeras que no servían para sus más recónditas inclinaciones intelectuales porque no representaban la expectativa creada o bien porque la vida era demasiado prosaica y la cosa era más sencilla que todo éso.
Misha había sido un buen niño, maltratado por sus compañeros de escuela, había desarrollado un cierto carácter independiente y, en ocasiones, se había cebado con sus primos menores a causa de tanto palo que le había dado la vida.
Era ante todo, un tipo que crecía en un sistema que lo cohibía y que lo cocinaba a fuego lento para ser deglutido y totalmente comido. Un superviviente con el que no pudieron totalmente templarle el acero.
Como en su particular experimento freudiano, cuando su madre se alejaba por un largo rato y después ya cansada y despojada de todos los vestidos oficiales y máscaras de carnaval que a diario tenía que utilizar por su trabajo, se sentaba junto a él y le dedicaba un recital de risas y sonrisas.
Pero no era siempre. Y por éso él buscaba y buscaba, por si llegara ese momento mezcla de alegría y estallido innombrable donde sin despliegue de ningún tiempo, sino con la levedad de un soplido Misha era acogido por fin en los brazos de su ansiada tierra prometida.
La vida sexual en la Unión Soviética estaba muy censurada por parte del Partido Comunista y Misha creció en los años en los que la televisión apenas mostraba señoras en bañador y su primer contacto con el erotismo en la adolescencia fue en una tienda del Estado en la que podía adquirir folletos de lencería para señoras. Ahí aparecían algunas modelos y Misha mostraba todo su desenfreno. La madre apenas le habló de qué se hacía según en qué casos y todo transcurrió según la vía de los secretos que compartían los camaradas de los Juventudes y sus compañeros del Instituto Técnico. Pero aprendió algo y es que las Mujeres no eran como sus amigos decían. Se aficionó a la poesía, a la literatura, le gustaba leer horas enteras, tardes enteras y su madre le proporcionaba libros.
Para una compañera de clase, una vez escribió: "Masha es como el viento, inabordable. Lo mismo cambia de ánimo, que desaparece. "
Aquellos versos iniciáticos, eran simple testimonio de ese amor adolescente incompleto, de algunos besos robados en un banco de un parque a la salida del Instituto Técnico.
Más tarde conoció a un primo suyo que lo instruyó en el noble arte de las cintas piratas de contenido pornográfico. Aquéllo le impactó y le creó una falsa imagen de las relaciones sexuales, con dos cuerpos que se movían a ritmo gimnástico y lanzaban alaridos de supuesto placer, al golpe del que sube una cuesta en una bicicleta pero todo era una gran falacia.
Aquéllo entroncaba con un mecanismo del placer inabordado hasta ahora y que le servía de opio, era como el vodka para los dolores tras una herida.
Y así pasó la vida, en relaciones efímeras que no servían para sus más recónditas inclinaciones intelectuales porque no representaban la expectativa creada o bien porque la vida era demasiado prosaica y la cosa era más sencilla que todo éso.
Misha había sido un buen niño, maltratado por sus compañeros de escuela, había desarrollado un cierto carácter independiente y, en ocasiones, se había cebado con sus primos menores a causa de tanto palo que le había dado la vida.
Era ante todo, un tipo que crecía en un sistema que lo cohibía y que lo cocinaba a fuego lento para ser deglutido y totalmente comido. Un superviviente con el que no pudieron totalmente templarle el acero.
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