¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y trece)
En la noche dichosa
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
Noche oscura, San Juan de la Cruz
En defensa de Misha Mikhailov, estaban los bancos de los parques, la soledad de los álamos junto al río y las calles oscuras del centro donde practicaba las lecciones de la melancolía que había aprendido en arduas sesiones de tedio y fastidio por auténticos profesores de la materia y por la propia realidad que mostraba lentas tardes de malestar mayúsculo.
Para apaciguarlo, recurría a la poesía, al vino que las tabernas dictaban como droga pasajera pero que no arreglaba el presente ni mucho menos lo reparaba.
Por otro lado, arregló la bicicleta antígua que tenía en su desván y daba largos paseos por la ciudad. El futbol seguía siendo una de las pasiones que desde niño había llevado a cabo... Seguidor del Rubin Kazan... Volvió al ajedrez, a la cocina, al interior del alma como sistema, al sur de lo posible, al cuidado de los hijos de forma intensa. ¡Oh, cuánto le gustaba jugar con sus queridos hijos!
Pero un buen día, gracias a los consejos de sus amigas y de la propia Svetlana, Iulia decidió que había que arreglar la cosa y fueron juntos a un terapeuta familiar pero nada sirvió. Al tiempo, Iulia y Misha decidieron separarse de mútuo acuerdo.
Era lo mejor para todos. La vida seguiría su curso, como el río que fluye silencioso a diferencia del estanque que permanece quieto y parado,
o el agua de la acequia que por no moverse demasiado huele mal.
Las noticias que por Iulia recibía de Svetlana le molestaban francamente. Porque no era clara en su forma ni en su manera y había dicho ¡cosas tan tajantes y tan tarde...!
Pero algo le impedía alejarse completamente. Algo que su corazón guardaba para ella...
¿De veras merecía toda aquella atención desmedida?
Ya daba igual. Cada noche rellenaba folios y folios de composiciones y poemas, revisaba los versos, los signos de puntuación, la semántica, reunía motivos para continuar aquel camino más por convicción que por certezas, porque la verdad es que ya hacía tiempo que ella apenas le mostraba el más mínimo de los afectos.
¿De qué había servido ese amor?
Esta pregunta se contesta sola. El amor no sirve, no es útil, no es un artefacto ni una herramienta que se utiliza. Es la esencia que transforma el mundo con su concepto inspirador. Es el aire que destila la primavera en ciudades que parecen vergeles, llenas de fuentes y frutales, es algo más que un café tibio en un bar de estación y un buen deseo para el otro, es abnegación, es militancia, es un compromiso sin documentos, sin palabras, es estar en silencio y que el cálido manto de una caricia susurre al amanecer de un recuerdo.
Recordaba Misha a San Juan de la Cruz cuando en sus estudios de español deslizaba sus ojos sobre aquel lenguaje íntimo y afectuoso y se abogaba a él por las noches como el cálido manto de una caricia susurra al amanecer de un recuerdo y al áspero amor maternal.
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
Noche oscura, San Juan de la Cruz
En defensa de Misha Mikhailov, estaban los bancos de los parques, la soledad de los álamos junto al río y las calles oscuras del centro donde practicaba las lecciones de la melancolía que había aprendido en arduas sesiones de tedio y fastidio por auténticos profesores de la materia y por la propia realidad que mostraba lentas tardes de malestar mayúsculo.
Para apaciguarlo, recurría a la poesía, al vino que las tabernas dictaban como droga pasajera pero que no arreglaba el presente ni mucho menos lo reparaba.
Por otro lado, arregló la bicicleta antígua que tenía en su desván y daba largos paseos por la ciudad. El futbol seguía siendo una de las pasiones que desde niño había llevado a cabo... Seguidor del Rubin Kazan... Volvió al ajedrez, a la cocina, al interior del alma como sistema, al sur de lo posible, al cuidado de los hijos de forma intensa. ¡Oh, cuánto le gustaba jugar con sus queridos hijos!
Pero un buen día, gracias a los consejos de sus amigas y de la propia Svetlana, Iulia decidió que había que arreglar la cosa y fueron juntos a un terapeuta familiar pero nada sirvió. Al tiempo, Iulia y Misha decidieron separarse de mútuo acuerdo.
Era lo mejor para todos. La vida seguiría su curso, como el río que fluye silencioso a diferencia del estanque que permanece quieto y parado,
o el agua de la acequia que por no moverse demasiado huele mal.
Las noticias que por Iulia recibía de Svetlana le molestaban francamente. Porque no era clara en su forma ni en su manera y había dicho ¡cosas tan tajantes y tan tarde...!
Pero algo le impedía alejarse completamente. Algo que su corazón guardaba para ella...
¿De veras merecía toda aquella atención desmedida?
Ya daba igual. Cada noche rellenaba folios y folios de composiciones y poemas, revisaba los versos, los signos de puntuación, la semántica, reunía motivos para continuar aquel camino más por convicción que por certezas, porque la verdad es que ya hacía tiempo que ella apenas le mostraba el más mínimo de los afectos.
¿De qué había servido ese amor?
Esta pregunta se contesta sola. El amor no sirve, no es útil, no es un artefacto ni una herramienta que se utiliza. Es la esencia que transforma el mundo con su concepto inspirador. Es el aire que destila la primavera en ciudades que parecen vergeles, llenas de fuentes y frutales, es algo más que un café tibio en un bar de estación y un buen deseo para el otro, es abnegación, es militancia, es un compromiso sin documentos, sin palabras, es estar en silencio y que el cálido manto de una caricia susurre al amanecer de un recuerdo.
Recordaba Misha a San Juan de la Cruz cuando en sus estudios de español deslizaba sus ojos sobre aquel lenguaje íntimo y afectuoso y se abogaba a él por las noches como el cálido manto de una caricia susurra al amanecer de un recuerdo y al áspero amor maternal.
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