¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y cinco)
Misha Mikhailov comenzó su trabajo al amanecer y acto seguido recibió una llamada telefónica.
"Qué raro", se dijo.
Era el mismísimo Dimitri, que había estado esperando de cantarle unas cuantas verdades pero prefería utilizar el hilo musical de una canción de los años 60 de Edith Piaf para acompañar su verborrea insultante y su discurso ofensivo.
Al colgar, se sintió triste y ofendido. Él, cuyo único delito era amar a una Mujer como Svetlana, de la cual quizás si el azar o la confabulación de los astros, en las que como buen lógico apenas creía, no la hubiera traído hasta ese inexacto lugar del espacio, hasta ese incierto instante del tiempo, quizás sus ojos no se habrían cruzado con los suyos en armónica intersección.
Pero comprendía el enfado del marido. Lo comprendía profundamente, más allá del análisis del léxico, o de la sintaxis de su afrenta.
Recobró la calma. A esa hora, Svetlana todavía dormiría y sobre las nueve iría a la Oficina Técnica a resolver sus asuntos diarios. Según le había contado, estaba diseñando un nuevo mísil para el ejército y hoy harían las pruebas con el programa simulador.
En todos aquellos años de crudo desierto, Sveta era un espejismo, el inicio del camino, la dulce decadencia de un mundo que envejecía a pasos agigantados y que destilaba el ocre de un ocaso entre los montes Urales.
¡Cuánto pensaba en ella! y... ¡qué duro se hacía el tiempo de su ausencia!
Aficionado a la literatura, la imaginaba como a Isolda en su palacio y el un tal Tristán moscovita, mecánico de tractores afrontaría el reto de su amor, incansablemente.
Por ella, habría recorrido los mares, aunque no se lo hubiera pedido, por ella, el viento, las estaciones del año, la luna ensortijada de las farolas, el gris del cemento, la nueva cultura contra la nieve que duraba en su amada Rusia postzarista, postsoviética, post-post.
A media mañana recibió una nota de su querida diciéndole que aquella tarde no se podrían ver porque iban a ir a cenar a casa de los Nikolaievsky, amigos de la Universidad de cuando los cuatro estudiaban en Cambridge.
Por un instante, se sintió expulsado de su mundo amurallado. Se miró al espejo y reconoció las primeras gotas de rocío en sus ojos. Él, capaz de enfrentarse al ejército del Imperio Romano liderado por el propio César, con sus manos, sus simples manos de obrero.
Todo era ausencia pero el deshielo era una quimera ... ¿Qué noticias traía Sveta de Kaliningrado? ¿Qué habría resuelto con Masha?
Al llegar a casa, la Esposa de Misha, Iulia, le comentó que había hablado con una madre muy amable del colegio de los niños y que la había invitado a tomar el té al día siguiente...
¿Por qué cambiaba el guión tan deprisa, qué había detrás de toda aquella trama urdida por algún ser maquiavélico?
Durante horas, mientras hacía la cena y limpiaba la cocina pensaba qué podía hacer pero una mezcla de necesidad y melancolía lo invadía, el amor clavaba sus puñales como sólo él lo sabe hacer, con el metal hiriente de una palabra.
"Qué raro", se dijo.
Era el mismísimo Dimitri, que había estado esperando de cantarle unas cuantas verdades pero prefería utilizar el hilo musical de una canción de los años 60 de Edith Piaf para acompañar su verborrea insultante y su discurso ofensivo.
Al colgar, se sintió triste y ofendido. Él, cuyo único delito era amar a una Mujer como Svetlana, de la cual quizás si el azar o la confabulación de los astros, en las que como buen lógico apenas creía, no la hubiera traído hasta ese inexacto lugar del espacio, hasta ese incierto instante del tiempo, quizás sus ojos no se habrían cruzado con los suyos en armónica intersección.
Pero comprendía el enfado del marido. Lo comprendía profundamente, más allá del análisis del léxico, o de la sintaxis de su afrenta.
Recobró la calma. A esa hora, Svetlana todavía dormiría y sobre las nueve iría a la Oficina Técnica a resolver sus asuntos diarios. Según le había contado, estaba diseñando un nuevo mísil para el ejército y hoy harían las pruebas con el programa simulador.
En todos aquellos años de crudo desierto, Sveta era un espejismo, el inicio del camino, la dulce decadencia de un mundo que envejecía a pasos agigantados y que destilaba el ocre de un ocaso entre los montes Urales.
¡Cuánto pensaba en ella! y... ¡qué duro se hacía el tiempo de su ausencia!
Aficionado a la literatura, la imaginaba como a Isolda en su palacio y el un tal Tristán moscovita, mecánico de tractores afrontaría el reto de su amor, incansablemente.
Por ella, habría recorrido los mares, aunque no se lo hubiera pedido, por ella, el viento, las estaciones del año, la luna ensortijada de las farolas, el gris del cemento, la nueva cultura contra la nieve que duraba en su amada Rusia postzarista, postsoviética, post-post.
A media mañana recibió una nota de su querida diciéndole que aquella tarde no se podrían ver porque iban a ir a cenar a casa de los Nikolaievsky, amigos de la Universidad de cuando los cuatro estudiaban en Cambridge.
Por un instante, se sintió expulsado de su mundo amurallado. Se miró al espejo y reconoció las primeras gotas de rocío en sus ojos. Él, capaz de enfrentarse al ejército del Imperio Romano liderado por el propio César, con sus manos, sus simples manos de obrero.
Todo era ausencia pero el deshielo era una quimera ... ¿Qué noticias traía Sveta de Kaliningrado? ¿Qué habría resuelto con Masha?
Al llegar a casa, la Esposa de Misha, Iulia, le comentó que había hablado con una madre muy amable del colegio de los niños y que la había invitado a tomar el té al día siguiente...
¿Por qué cambiaba el guión tan deprisa, qué había detrás de toda aquella trama urdida por algún ser maquiavélico?
Durante horas, mientras hacía la cena y limpiaba la cocina pensaba qué podía hacer pero una mezcla de necesidad y melancolía lo invadía, el amor clavaba sus puñales como sólo él lo sabe hacer, con el metal hiriente de una palabra.
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