¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y siete)

En otro plano de la acción, Dimitri maquinaba un plan para castigar al hombre atrevido que había intentado arrebatarle al amor de su vida. Tenía contactos. Conocía al comisario Kovalevsky. Le debía favores. Una denuncia por acoso sexual sería una gran idea, u otra por pederastia (una vez vió de lejos cómo besaba a su hija, y en pleno acceso de celos proyectados, tomó buena nota en su libreta). Sonó la puerta, Svetlana entraba a casa con su maletín de trabajo y lo depositaba como un trasto inservible sobre el montón de abrigos que había en el mueble de la entrada.
La saludó y se acercó besándola en la frente. Ella lo miró y en su mirada había un gesto de compasión, de tristeza y tal vez de disculpa. Él la entendía. La amaba con la profundidad del lago Baikal y, sin embargo, aquélla no era la Svetlana que había conocido hacía años. Algún agente externo había operado sobre ella como un ejército invasor se precipita sobre las murallas de una ciudad asediándola. Por ello, la interrogó severamente, quiso saber fechas, datos, quería la rúbrica de la renuncia a cualquier intento de marcha con Misha en un documento firmado con sello y enmarcado para colgarlo en el recibidor. Puso los puntos sobre las ies, las ies sobre los puntos y siguió leyendo el informe del que disponía al hacerla llegar su carta. Para Dimitri, cesar de aquella empresa no era una opción. Él era un hombre respetado y conocido. Tenían una hija en común, alguien a quien cuidar, educar y hacer crecer. Ella vivía cómodamente, no le faltaba de nada y tenía todas las ayudas posibles, hacía sus viajes cuando deseaba, y él como ein Reiseführer für faule Touristen (un guía de viaje para turistas vagos) la acompañaba o la dejaba ir a sabiendas de que siempre regresaba a ese puerto seguro tras la travesía en un algún mar ignoto.
Después de una discusión sobre estados de ánimo, momentos de la existencia lejanos, cercanos, a media distancia del uno y del otro, tardíos, recientes, con la escala cromática del recuerdo bien ajustado a todos los niveles de la intensidad.
En el salón, el ventanal alto daba un balcón al parque Bauman. ¡Cuántas veces habrían recorrido sus calles centrales y admirado la grandiosidad de sus rosales en primavera!
Algo entre los dos había desaparecido o tal vez nunca había estado presente.
Pese a todo, él atravesaba un periodo laboral convulso, y no tenía demasiado tiempo para pasar junto a ella. Su carácter se había agraviado como el de todo aquél o aquélla que visualiza el clima laboral y le crea un gran estado de ansiedad y repugnancia.
No entendía de su distancia como tampoco podemos nosotros y nosotras queridos lectores y lectoras saber qué ocurría en aquella pareja, aunque intentemos esclarecer algunas de las claves de su vida cotidiana.
Cuando él hablaba de Misha, hablaba como de un intruso, un pervertido, un libidinoso y arbitrario libertino, un sátrapa mal encarado destruye-familias, en fin... En el siguiente episodio analizaremos la adolescencia de Misha, ese curioso sujeto propio del sistema que lo creó.


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