¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y once)
Después de los primeros días del suceso del lago, Sveta se mostraba esquiva con Misha, y no contestaba a sus llamadas ni a las cartas que le enviaba con su amigo Urusov compañero de ambos. Había llegado el verano y en Kazan la gente aprovechaba los días de fiesta para ir al río a bañarse y llevar la merienda o para ir en coche hasta las afueras donde había pequeños lagos de fácil acceso a los intrépidos nadadores que se atrevían a nadar en aquellas gélidas aguas todavía a pesar del cambio de estación.
Decidió llamarla, jugársela una vez más al todo o nada pero apareció al otro lado del teléfono la voz de un Dimitri desafiante que le animaba a declarar por qué llamaba, qué intenciones rodeaban aquel momento y un aviso serio al navegante para que dejara de molestar a su Mujer, pero aunque él intentaba comprender toda la acometida al otro lado del teléfono y, de hecho, cualquier persona en su sano juicio entendería a un marido que afianzando el instinto animal de conservación y el concepto de territorio llevaba a cabo la insustituible misión de la defensa de la pequeña patria que tanto esfuerzo y dedicación le había costado construir, no compartía su postura.
Para Misha la gran defensa era la del amor por Svetlana, la del dulce y tierno amor de primavera, que germinaba lenta y de forma conmovedora en el seno de un frío verano, de vientos desapacibles y despertares desconocidos.
Sobre el tiempo indescifrable, había escrito tanto. Sobre la noche, indescriptibles emociones se arremolinaban en su mente y sobre la hoja en blanco retomaba el verso como herramienta útil frente al paso del tiempo y a su ausencia.
Entretanto, Iulia y Sveta continuaban su amistad y él se mantenía de espaldas frente a ese mundo construído al margen de él.
¿En serio le dejaban al margen o en el fondo estaba también presente?
Él quería pensar que sí y que aquella forma de proceder figuraba una forma de no distanciarse del todo, de seguir de cerca los pasos que no se escuchan del amor silente.
Comenzaba alguno de sus poemas, tras volver de una noche donde había estado vagando por las calles sin rumbo como un barco a la deriva. Entrando en fríos bares de camareros autómatas y de mujeres cuyos cuerpos se mostraban gráciles. Iulia comenzó la investigación exhaustiva. Sabía de sus salidas nocturnas, de su desencadenada furia por cosas que antes no le causaban el más mínimo inconveniente.
Él había sido un hombre tranquilo, alguien que amaba los más recónditos detalles de la vida cotidiana.
Encontró teléfonos en su agenda, teléfonos de mujeres a las que no conocía, aquel hombre que había sido su amor, su amante, su compañero... ¡¡ahora era un absoluto extraño y un completo desconocido!!
Y ... ¿quiénes representaban a aquellos nombres franceses como Brigitte, Margot, o Dominique?
En la calle Maksimova donde ponía la dirección, ella conocía una casa de prostitutas porque había oído hablar a los compañeros, maravillosos profesores de universidad, terminando sus veladas en aquel tugurio, repleto de enfermedades venéreas y cloaca del sistema.
En otro momento había encontrado una nota dedicada de una tal Natasha, que acompañaba un aroma de perfume. ¡Parecía que no sólo había una mujer ocupaba sus pensamientos!
¡Así es cómo apagaba su sed, esa sed que ella desconocía pero que parecía ocuparle gran parte de su tiempo!
¡Oh, malnacido, insensato, desgraciado, sin sentido!
¡Oh, renegado, maldito, pútrido erotómano!
¡Enfermo, psicópata, embustero, mentidor de mentidores, conciencia inmunda del subsuelo, rata tremebunda!
Decidió llamarla, jugársela una vez más al todo o nada pero apareció al otro lado del teléfono la voz de un Dimitri desafiante que le animaba a declarar por qué llamaba, qué intenciones rodeaban aquel momento y un aviso serio al navegante para que dejara de molestar a su Mujer, pero aunque él intentaba comprender toda la acometida al otro lado del teléfono y, de hecho, cualquier persona en su sano juicio entendería a un marido que afianzando el instinto animal de conservación y el concepto de territorio llevaba a cabo la insustituible misión de la defensa de la pequeña patria que tanto esfuerzo y dedicación le había costado construir, no compartía su postura.
Para Misha la gran defensa era la del amor por Svetlana, la del dulce y tierno amor de primavera, que germinaba lenta y de forma conmovedora en el seno de un frío verano, de vientos desapacibles y despertares desconocidos.
Sobre el tiempo indescifrable, había escrito tanto. Sobre la noche, indescriptibles emociones se arremolinaban en su mente y sobre la hoja en blanco retomaba el verso como herramienta útil frente al paso del tiempo y a su ausencia.
Entretanto, Iulia y Sveta continuaban su amistad y él se mantenía de espaldas frente a ese mundo construído al margen de él.
¿En serio le dejaban al margen o en el fondo estaba también presente?
Él quería pensar que sí y que aquella forma de proceder figuraba una forma de no distanciarse del todo, de seguir de cerca los pasos que no se escuchan del amor silente.
Comenzaba alguno de sus poemas, tras volver de una noche donde había estado vagando por las calles sin rumbo como un barco a la deriva. Entrando en fríos bares de camareros autómatas y de mujeres cuyos cuerpos se mostraban gráciles. Iulia comenzó la investigación exhaustiva. Sabía de sus salidas nocturnas, de su desencadenada furia por cosas que antes no le causaban el más mínimo inconveniente.
Él había sido un hombre tranquilo, alguien que amaba los más recónditos detalles de la vida cotidiana.
Encontró teléfonos en su agenda, teléfonos de mujeres a las que no conocía, aquel hombre que había sido su amor, su amante, su compañero... ¡¡ahora era un absoluto extraño y un completo desconocido!!
Y ... ¿quiénes representaban a aquellos nombres franceses como Brigitte, Margot, o Dominique?
En la calle Maksimova donde ponía la dirección, ella conocía una casa de prostitutas porque había oído hablar a los compañeros, maravillosos profesores de universidad, terminando sus veladas en aquel tugurio, repleto de enfermedades venéreas y cloaca del sistema.
En otro momento había encontrado una nota dedicada de una tal Natasha, que acompañaba un aroma de perfume. ¡Parecía que no sólo había una mujer ocupaba sus pensamientos!
¡Así es cómo apagaba su sed, esa sed que ella desconocía pero que parecía ocuparle gran parte de su tiempo!
¡Oh, malnacido, insensato, desgraciado, sin sentido!
¡Oh, renegado, maldito, pútrido erotómano!
¡Enfermo, psicópata, embustero, mentidor de mentidores, conciencia inmunda del subsuelo, rata tremebunda!
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