¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? ( y nueve )
Después del paréntesis de pareja y de una incursión en la adolescencia de uno de nuestros protagonistas y protohombre casi habitante de una nueva ciudad llamada Esparta, aunque fuera una Esparta que había aguantado muchas tormentas tantas como nuestros queridos personajes, volvamos al momento en que Svetlana llama al taller de tractores para hablar con Misha e invitarlo a pasear por en el parque Bauman y después irían a tomar un café a la clásica cafetería Pushkin de la que no hemos descrito todavía apenas nada. No se trataba de un lugar corriente, aunque los lugares simples, corrientes y prosaicos eran amados por nuestros dos protagonistas. Aquel lugar era un café antíguo, decorado con maderas talladas y barnizado para la ocasión con finos encajes ocres y dorados que rivalizaban en belleza con los cuadros de autores antíguos y modernos expuestos, sobretodo autores venecianos como Caravaggio y otros modernos como Rothko. Grandes espejos dorados, y columnas de marmol. Un pequeño patio al estilo andaluz con fuente en el centro y dos naranjos a los lados. Fueron allí tras su caminata, oliendo el profundo aroma de las rosas que en el parque había en aquella época y se sentaron en una mesa junto a un cuadro colgado en la pared que ponía el nombre de Niño con un cesto de frutas de Caravaggio. Svetlana comenzó con sus conclusiones. Él había estado esperando aquel momento durante toda la tarde. Quería que ella hablara sobre su amor y sobre cómo se podía llevar a cabo. Sin embargo, Svetlana disculpándose dijo que aquéllo no era posible, que sólo causaría más dolor y que debía marcharse. Su marido la esperaba. Había sido una bonita de historia de amor y que debían olvidar por el bien de todos. Pero... Como le dijo Misha a la defensiva en un intento a la desesperada por hacerla cambiar de parecer aunque se atisbaba una situación difícil de variar, "¿cómo pretendes, amor mío, que después de todo este tiempo te olvide y que haga ese ejercicio de amnesia que me propones?"
Atrapado en su laberinto de afectos, acarició su mano pero ella se soltó y se despidió como dos amantes se despiden en una estación de metro, quedando alguno de ellos en el vagón mientras el otro o la otra saluda con la mano y lanza besos al aire.
Tempus fugit... Carpe diem...
Él sólo sabía que el tiempo con ella era un presagio y ahora la noche en Kazan era una caverna oscura y lamentable y sólo ahogaría sus penas en el vodka o en el vino de Valdepeñas que había traído en su viaje a Madrid.
Aquella fantasía elaborada con ella o aquel amor de veras (todo estaba por determinar) se desmonoraba y tenía que inventar salidas a aquel conflicto interior que se agravaba por momentos.
Como todo el mundo sabe, el fuego no se apaga con fuego, y la enfermedad no se cura con la enfermedad por éso Misha se equivocó repetidamente o quizás acertó al intentar por todos los medios recuperar ese amor que lo había hecho sentir inmenso, tan grande como los montes Urales o la cadena de los Apalaches.
Cuando llegó a casa, sacó una casette de la estantería y comenzó a escuchar a Shostakovich. El plan de Dimitri iba surtiendo efecto. Ella se mostraba cohibida y había iniciado el camino de vuelta, o a lo mejor... ¿serían conclusiones suyas a partir de la fundada amistad con Iulia?
Iulia le comentó que al día siguiente iban a ir a un lago cercano a la ciudad a bañarse con los niños y los maridos estaban invitados.
La motivación por ir a aquel encuentro estaba bajo mínimos. Ver en bañador a Svetlana y a Dimitri no era lo que más le apetecía después de la tarde en el Café Pushkin.
De todas formas, fue a revisar el coche marca Lada, que a diario limpiaba y le cambió el aceite.
El día siguiente, Domingo, sería un gran día sin duda donde todo el puzzle cobraría sentido.
Atrapado en su laberinto de afectos, acarició su mano pero ella se soltó y se despidió como dos amantes se despiden en una estación de metro, quedando alguno de ellos en el vagón mientras el otro o la otra saluda con la mano y lanza besos al aire.
Tempus fugit... Carpe diem...
Él sólo sabía que el tiempo con ella era un presagio y ahora la noche en Kazan era una caverna oscura y lamentable y sólo ahogaría sus penas en el vodka o en el vino de Valdepeñas que había traído en su viaje a Madrid.
Aquella fantasía elaborada con ella o aquel amor de veras (todo estaba por determinar) se desmonoraba y tenía que inventar salidas a aquel conflicto interior que se agravaba por momentos.
Como todo el mundo sabe, el fuego no se apaga con fuego, y la enfermedad no se cura con la enfermedad por éso Misha se equivocó repetidamente o quizás acertó al intentar por todos los medios recuperar ese amor que lo había hecho sentir inmenso, tan grande como los montes Urales o la cadena de los Apalaches.
Cuando llegó a casa, sacó una casette de la estantería y comenzó a escuchar a Shostakovich. El plan de Dimitri iba surtiendo efecto. Ella se mostraba cohibida y había iniciado el camino de vuelta, o a lo mejor... ¿serían conclusiones suyas a partir de la fundada amistad con Iulia?
Iulia le comentó que al día siguiente iban a ir a un lago cercano a la ciudad a bañarse con los niños y los maridos estaban invitados.
La motivación por ir a aquel encuentro estaba bajo mínimos. Ver en bañador a Svetlana y a Dimitri no era lo que más le apetecía después de la tarde en el Café Pushkin.
De todas formas, fue a revisar el coche marca Lada, que a diario limpiaba y le cambió el aceite.
El día siguiente, Domingo, sería un gran día sin duda donde todo el puzzle cobraría sentido.
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