¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y quince)
En realidad, la vida de los cuatro protagonistas presentaba un equilibrio inestable como si fueran los vértices de un cuadrado de esquinas romas y cuyas rectas en ocasiones se presentaran discontínuas en sus conexiones.
Desde luego, todos y todas tenían cosas que aprender pero Misha más que ninguno porque él mismo se autoimponía ese aprendizaje como travesía hacia el interior.
Porque había una infancia no resuelta, una adolescencia algo más que revisable en cuanto a usos y costumbres, una edad adulta de continuidad y sobresaltos, ¡cuántos asuntos por revisar como un escritorio desordenado!
Para ello, Misha decidió ir a España, en concreto a Granada a recordar aquellos tiempos casi dorados donde las tardes se le hacían infinitas de la mano de Iulia.
De más jóvenes habían asistido a un curso de español en la Universidad de Granada y allí planeaba ir con Svetlana... ¡cuánto futuro quedaba para que fueran a ese lugar! Pero en su moderado pesimismo, pensaba que todavía era posible recorrer las calles hasta entonces conocidas, perderse por la sinfonía de fuentes y calles perfumadas al olor del jazmín y el olor de las rosas, el paisaje de castillos medievales de pueblos venidos del norte africano, la vega tan verde y rotunda, el río Genil, los álamos testigos de los poemas de Lorca, caballos libres que trotaban junto a los puentes en Atarfe o Santa Fé camino de Fuente Vaqueros... las montañas como murallas infranqueables, allá donde el sol roza los picos y al otro lado del mar se ve otro continente en los días claros.
Siete Lagunas, más altas, más puras que el Lago de Kazán...
Granada le llenaba el pecho de suspiros, como la nostalgia y la melancolía que sentía por ese amor incierto, constante y evocador de otro tiempo... ¿Era de veras esa primavera restaurada o era el verano con su rigor de desierto...? Y si el otoño los trajera a esa estación del tiempo... trenes, trenes, y más trenes ... rumbo a ese puerto.
Desde luego, todos y todas tenían cosas que aprender pero Misha más que ninguno porque él mismo se autoimponía ese aprendizaje como travesía hacia el interior.
Porque había una infancia no resuelta, una adolescencia algo más que revisable en cuanto a usos y costumbres, una edad adulta de continuidad y sobresaltos, ¡cuántos asuntos por revisar como un escritorio desordenado!
Para ello, Misha decidió ir a España, en concreto a Granada a recordar aquellos tiempos casi dorados donde las tardes se le hacían infinitas de la mano de Iulia.
De más jóvenes habían asistido a un curso de español en la Universidad de Granada y allí planeaba ir con Svetlana... ¡cuánto futuro quedaba para que fueran a ese lugar! Pero en su moderado pesimismo, pensaba que todavía era posible recorrer las calles hasta entonces conocidas, perderse por la sinfonía de fuentes y calles perfumadas al olor del jazmín y el olor de las rosas, el paisaje de castillos medievales de pueblos venidos del norte africano, la vega tan verde y rotunda, el río Genil, los álamos testigos de los poemas de Lorca, caballos libres que trotaban junto a los puentes en Atarfe o Santa Fé camino de Fuente Vaqueros... las montañas como murallas infranqueables, allá donde el sol roza los picos y al otro lado del mar se ve otro continente en los días claros.
Siete Lagunas, más altas, más puras que el Lago de Kazán...
Granada le llenaba el pecho de suspiros, como la nostalgia y la melancolía que sentía por ese amor incierto, constante y evocador de otro tiempo... ¿Era de veras esa primavera restaurada o era el verano con su rigor de desierto...? Y si el otoño los trajera a esa estación del tiempo... trenes, trenes, y más trenes ... rumbo a ese puerto.
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