¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y tres)
El primer encuentro a solas con Svetlana tendría lugar en un jardín de las afueras al día siguiente de que Urusov le hiciera entrega de la nota de Misha. La historia de los primeros encuentros amorosos está ampliamente descrita en las novelas clásicas, pero esta ocasión no era una excepción. A la hora concertada, ella llegó vistiendo la mejor de sus sonrisas y trayendo en sus manos las rosas que él le había enviado con su amigo y camarada. Él asistía como espectador de excepción a este gran acontecimiento y en sus labios se dibujaba también una sonrisa, respondiendo cortesmente a su saludo inicial. Como rito iniciático, él la tomó de la mano y juntos recorrieron aquel jardín clásico en el que había estatuas mitológicas, bulevares y glorietas con bancos donde sentarse, algún rosal desvalido y algún otro eufórico con maravillosas flores presagio de la estación que comenzaba. Era por fin primavera, una primavera que se había gestado en el vientre de un invierno incierto y caminaban como dos naúfragos que todavía no creyeran que habían llegado al paraíso después de alguna catástrofe naval, como dos soñadores que asían la utopía como una bandera, como la frontera de un país inexpugnable y transitorio frente al cual sólo quedaban las certezas y la magia del momento lo impregnara todo con aquella brisa pasajera, que movía los álamos, en frente del río Volga.
La conversación arrancó y no pararon de hablar durante varias horas. Hablaron de sí mismos, de las esperanzas que albergaban, de todos los sueños construídos y por construir, de todas las fantasías que sus mentes podían concebir.
Se miraban, hacían una pausa, y reían, sí, reían, porque aunque la sociedad de moral y de costumbres los vigilaba de cerca, eran como dos aves que volaran libres, en un cielo prosaico y sin sospechas.
Al despedirse, se hacía tarde y debían regresar a sus sendos quehaceres, se besaron lenta y dulcemente, con la inocencia del que nunca hubiera besado antes, con la pureza del color blanco de un lirio, con la tranquilidad del que sabe de que hace lo que desea y no va en contra de sus principios.
Como corolario de aquella reunión clandestina, se regalaron palabras y fabricaron todo un lenguaje para acompañar a sus respectivas soledades.
Sabían que todo había empezado pero... Sabían que no sería fácil.
La conversación arrancó y no pararon de hablar durante varias horas. Hablaron de sí mismos, de las esperanzas que albergaban, de todos los sueños construídos y por construir, de todas las fantasías que sus mentes podían concebir.
Se miraban, hacían una pausa, y reían, sí, reían, porque aunque la sociedad de moral y de costumbres los vigilaba de cerca, eran como dos aves que volaran libres, en un cielo prosaico y sin sospechas.
Al despedirse, se hacía tarde y debían regresar a sus sendos quehaceres, se besaron lenta y dulcemente, con la inocencia del que nunca hubiera besado antes, con la pureza del color blanco de un lirio, con la tranquilidad del que sabe de que hace lo que desea y no va en contra de sus principios.
Como corolario de aquella reunión clandestina, se regalaron palabras y fabricaron todo un lenguaje para acompañar a sus respectivas soledades.
Sabían que todo había empezado pero... Sabían que no sería fácil.
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