¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y seis)
Svetlana y Iulia iban a tomar juntas un té aquel día de entre semana para, según la propia anfitriona comentó en su llamada, "conocer a los padres y madres de la escuela y hacer nuevas amistades". Y así fué. A las cuatro y media de la tarde, llamaban a la puerta y aparecía una mujer de mediana edad, bien parecida, elegante vistiendo pantalón de pana y una gabardina. Afuera llovía y la avenida de la Primavera estaba llena de coches y de autobuses que coronaban la orquesta en una sinfonía de claxones irascibles y gritos de taxistas enfadados.
Una vez que se hubieron saludado propiamente, Sveta la invitó a sentarse y se llevó su gabardina húmeda por la contínua devastación que venía de un cielo poco clemente y su paraguas, depósito móvil que fue colocado en el paragüero con la metódica disciplina del que se sabe en casa.
Hablaron de montones de asuntos relacionados con la educación, la familia, los hijos. Sveta creía conocerla después de la primera media hora de charla animada, en la que compartieron secretos personales, la historia de sus orígenes.
Iulia era una mujer reservada y, sin duda, inteligente y resuelta. Admiraba profundamente la música clásica, era doctora y profesora en la universidad estatal de Moscú en el departamento de literatura comparada, amante confesa de los textos revolucionarios y de la teoría y de la praxis feminista. Las grandes autoras salieron en el intenso debate y puesta en común: Simone de Beauvoir, Julia Kristeva, Gloria Steinem y tantas otras.
Empatizaron y de la ligadura que propone el primer afecto, Svetlana recordó a su hermana de padre, Polina, a la que no veía desde hacía tiempo, que vivía en San Petersburgo. Toda la carga afectiva que poseía en aquel instante, se volcó sobre ella.
En el intercambio de recuerdos, vivencias, hubo espacio para la confesión profunda. Pero ese espacio para la confesión profunda, estuvo maquillado para no dañar lo bastante. Sveta reconoció que conocía a Misha, pero que no había nada más que esa simpatía que muestran entre sí los amigos que se divierten estando juntos. Iulia la comprendió. Misha era un hombre muy amable, y últimamente andaba muy contento, parecía que le iba bien en el trabajo y las cosas le sonreían. Iulia no sabía que aquel era el principio de un camino cosmético hacia una realidad casi certera en la que Sveta trataba de por un lado, limpiar su conciencia y, por otro lado, no dañar en exceso la estructura de su familia. Iulia apenas desconfiaba, ¿para qué hacerlo? Había encontrado en Svetlana una nueva amiga y la traición sólo podría venir de un lado... El enemigo de clase llamado Misha...
Al despedirse se intercambiaron sonrisas y decidieron volver a reunirse a la semana siguiente y retomarlo como si fuera una tendencia. Habían fundado una amistad.
¿Cómo se sentía Svetlana después de aquella tarde de emociones recicladas?
Se sentía bien y lo más agradable de todo, es que el afecto para Iulia y Misha era diferente y compatible. Cada cual en su compartimento estanco podían coexistir en su mente, sin perturbar su paz que era para ella lo más importante.
Una vez que se hubieron saludado propiamente, Sveta la invitó a sentarse y se llevó su gabardina húmeda por la contínua devastación que venía de un cielo poco clemente y su paraguas, depósito móvil que fue colocado en el paragüero con la metódica disciplina del que se sabe en casa.
Hablaron de montones de asuntos relacionados con la educación, la familia, los hijos. Sveta creía conocerla después de la primera media hora de charla animada, en la que compartieron secretos personales, la historia de sus orígenes.
Iulia era una mujer reservada y, sin duda, inteligente y resuelta. Admiraba profundamente la música clásica, era doctora y profesora en la universidad estatal de Moscú en el departamento de literatura comparada, amante confesa de los textos revolucionarios y de la teoría y de la praxis feminista. Las grandes autoras salieron en el intenso debate y puesta en común: Simone de Beauvoir, Julia Kristeva, Gloria Steinem y tantas otras.
Empatizaron y de la ligadura que propone el primer afecto, Svetlana recordó a su hermana de padre, Polina, a la que no veía desde hacía tiempo, que vivía en San Petersburgo. Toda la carga afectiva que poseía en aquel instante, se volcó sobre ella.
En el intercambio de recuerdos, vivencias, hubo espacio para la confesión profunda. Pero ese espacio para la confesión profunda, estuvo maquillado para no dañar lo bastante. Sveta reconoció que conocía a Misha, pero que no había nada más que esa simpatía que muestran entre sí los amigos que se divierten estando juntos. Iulia la comprendió. Misha era un hombre muy amable, y últimamente andaba muy contento, parecía que le iba bien en el trabajo y las cosas le sonreían. Iulia no sabía que aquel era el principio de un camino cosmético hacia una realidad casi certera en la que Sveta trataba de por un lado, limpiar su conciencia y, por otro lado, no dañar en exceso la estructura de su familia. Iulia apenas desconfiaba, ¿para qué hacerlo? Había encontrado en Svetlana una nueva amiga y la traición sólo podría venir de un lado... El enemigo de clase llamado Misha...
Al despedirse se intercambiaron sonrisas y decidieron volver a reunirse a la semana siguiente y retomarlo como si fuera una tendencia. Habían fundado una amistad.
¿Cómo se sentía Svetlana después de aquella tarde de emociones recicladas?
Se sentía bien y lo más agradable de todo, es que el afecto para Iulia y Misha era diferente y compatible. Cada cual en su compartimento estanco podían coexistir en su mente, sin perturbar su paz que era para ella lo más importante.
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