¿De qué tiene miedo Misha Mikhailov? (y diez)
Mientras Lev Tolstoi y Gabriel Celaya se reunían para confabular, y el que subscribe llevaba a cabo su prudente aunque ambicioso proyecto, el día lucía luminoso y el lago se presentaba propio de los días de fiesta, rodeado de un bosque frondoso de robles, álamos y pinos, y un prado cercano repleto de rosales, azucenas y lavanda.
Iulia y Misha llegaron con los chicos en el Lada familiar y Svetlana y Dimitri en el clásico Skoda preparado para la ocasión.
Iulia y Svetlana estaban muy contentas de verse, saludaban con la mano y hacían grandes aspavientos como si hiciera mucho tiempo que no se habían visto. Sin embargo, Dimitri y Misha mantenían la distancia, querían ser amables, ser cordiales pero que la cosa no fuera a más. Habían venido a interpretar su papel de madres y padres de familia, y ése era el guión de la tarde. Los niños y niñas felices porque ya se conocían y jugaban a la pelota, a las cartas, a todos los juegos imaginables que se pueden realizar en una tarde en el campo: al escondite, al pilla-pilla, al aro, al disco...
Llegó la hora de la merienda: A los bocadillos y a los pasteles, a la fruta y al agua fresca todos y todas parecían sonreir. De pronto, una brisa de misticismo envolvió la tarde, las nubes se ennegrecieron y una charla afilada y puntiaguda como el filo de una navaja:
"Así que me he enterado que Sveta y tú trabajais juntos en la empresa agrícola estatal", comentó Dimitri con un tono altivo y arrogante, queriendo diferenciar claramente su puesto de Subsecretario en el Ministerio de Justicia de cualquier técnico de la escala inferior.
Quizás no fuera tan así, pero Misha andaba susceptible en aquellos días y la presencia de aquel tipo le molestaba, como quizás a Dimitri le molestaba la presencia de aquel tipo.
Ambos luchaban en una especie de batalla invisible en la que la que el afecto de Sveta parecía ser uno de los objetivos fundamentales. "¿Para qué luchar?", se decía Misha. "Si me ama, si me amaba entonces no tendré que enfrentarme a nadie, ella vendrá cuando quiera, propio de la condición de todas las mujeres que son libres. "
Pero ésto parecía propaganda oficial del Partido, y sabía que la amaba hasta la más recóndita entraña y su fiero amor lo transgredía todo.
Iulia y Sveta empezaron a hablar de temas comunes, de la vida en Kazán, de lo caro que estaba todo, de su oficio de ingeniera en la industria estatal, del último proyecto de misil que se iba a fabricar para aviones y submarinos.
Mientras tanto, ellos conversaban sobre la escuela, sobre el hecho de que no se habían visto hasta entonces los padres y las madres de la clase, y en el transcurso de una cierta animación, invocando algún chiste de Rabinovich, Dimitri insinuó que Sveta veía a otro hombre.
A Misha se le encendieron los ojos, como un volcán a punto de estallar.
Desde el muelle, las madres y los hijos alentaban al baño y sin embargo aquellos dos hermanos heridos fueron a sentarse junto al embarcadero. Con la mirada fija en él, no podía comprender que aquella sonrisa falsa no correspondía a un Abel traidor que pretendía humillarlo y se lanzó contra él como un Caín ultrajado en el típico juego de jóvenes para tirarlo al agua. Dimitri que sabía lo que estaba pasando le hizo la zancadilla y ambos cayeron al Lago.
Sorprendidas por aquel suceso inconveniente fueron corriendo a ver qué sucedía. Dimitri y Misha salían del agua con cara de pocos amigos. La tarde transcurrió fría hasta la despedida. Algo había que no funcionaba en aquel grupo orquestado.
Al día después, Misha pensó que Sveta había decidido buscar otra vía y como trenes que se van tomando hasta llegar a un destino, se alegraba en cierto modo por ella, porque había tomado la decisión de ser feliz, aunque aquella decisión no lo incluyera a él, en un primer instante.
Lo celebraba pero le dolía.
También pensó en Dimitri, cómo no, hermano amado y odiado a la misma vez pero, al fin y al cabo respetado. No hubo armas en el lago y no eran necesarias, porque a veces no hay armas más afiladas que las propias palabras que forman el verso libre de la realidad.
Iulia y Misha llegaron con los chicos en el Lada familiar y Svetlana y Dimitri en el clásico Skoda preparado para la ocasión.
Iulia y Svetlana estaban muy contentas de verse, saludaban con la mano y hacían grandes aspavientos como si hiciera mucho tiempo que no se habían visto. Sin embargo, Dimitri y Misha mantenían la distancia, querían ser amables, ser cordiales pero que la cosa no fuera a más. Habían venido a interpretar su papel de madres y padres de familia, y ése era el guión de la tarde. Los niños y niñas felices porque ya se conocían y jugaban a la pelota, a las cartas, a todos los juegos imaginables que se pueden realizar en una tarde en el campo: al escondite, al pilla-pilla, al aro, al disco...
Llegó la hora de la merienda: A los bocadillos y a los pasteles, a la fruta y al agua fresca todos y todas parecían sonreir. De pronto, una brisa de misticismo envolvió la tarde, las nubes se ennegrecieron y una charla afilada y puntiaguda como el filo de una navaja:
"Así que me he enterado que Sveta y tú trabajais juntos en la empresa agrícola estatal", comentó Dimitri con un tono altivo y arrogante, queriendo diferenciar claramente su puesto de Subsecretario en el Ministerio de Justicia de cualquier técnico de la escala inferior.
Quizás no fuera tan así, pero Misha andaba susceptible en aquellos días y la presencia de aquel tipo le molestaba, como quizás a Dimitri le molestaba la presencia de aquel tipo.
Ambos luchaban en una especie de batalla invisible en la que la que el afecto de Sveta parecía ser uno de los objetivos fundamentales. "¿Para qué luchar?", se decía Misha. "Si me ama, si me amaba entonces no tendré que enfrentarme a nadie, ella vendrá cuando quiera, propio de la condición de todas las mujeres que son libres. "
Pero ésto parecía propaganda oficial del Partido, y sabía que la amaba hasta la más recóndita entraña y su fiero amor lo transgredía todo.
Iulia y Sveta empezaron a hablar de temas comunes, de la vida en Kazán, de lo caro que estaba todo, de su oficio de ingeniera en la industria estatal, del último proyecto de misil que se iba a fabricar para aviones y submarinos.
Mientras tanto, ellos conversaban sobre la escuela, sobre el hecho de que no se habían visto hasta entonces los padres y las madres de la clase, y en el transcurso de una cierta animación, invocando algún chiste de Rabinovich, Dimitri insinuó que Sveta veía a otro hombre.
A Misha se le encendieron los ojos, como un volcán a punto de estallar.
Desde el muelle, las madres y los hijos alentaban al baño y sin embargo aquellos dos hermanos heridos fueron a sentarse junto al embarcadero. Con la mirada fija en él, no podía comprender que aquella sonrisa falsa no correspondía a un Abel traidor que pretendía humillarlo y se lanzó contra él como un Caín ultrajado en el típico juego de jóvenes para tirarlo al agua. Dimitri que sabía lo que estaba pasando le hizo la zancadilla y ambos cayeron al Lago.
Sorprendidas por aquel suceso inconveniente fueron corriendo a ver qué sucedía. Dimitri y Misha salían del agua con cara de pocos amigos. La tarde transcurrió fría hasta la despedida. Algo había que no funcionaba en aquel grupo orquestado.
Al día después, Misha pensó que Sveta había decidido buscar otra vía y como trenes que se van tomando hasta llegar a un destino, se alegraba en cierto modo por ella, porque había tomado la decisión de ser feliz, aunque aquella decisión no lo incluyera a él, en un primer instante.
Lo celebraba pero le dolía.
También pensó en Dimitri, cómo no, hermano amado y odiado a la misma vez pero, al fin y al cabo respetado. No hubo armas en el lago y no eran necesarias, porque a veces no hay armas más afiladas que las propias palabras que forman el verso libre de la realidad.
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