La Alhambra y el Generalife
Recuerdos de la Alhambra, de F. Tárrega
Mediodía de diciembre
y vengo a rencontrarme
con este paisaje de la infancia
cerca de los palacios de la Alhambra,
con la consiguiente fotografía de postal
que contiene la arquitectura irregular
de las casas del Albayzin,
la muralla escalonada,
unas cuantas iglesias,
una ermita en la parte alta,
la atmósfera de uralita y chumberas
del sacromonte,
la luz diáfana del sol
que deja ver los montes
más allá de las afueras,
la lógica del darro y de su valle.
En el interior,
revisito el patio de Lindaraja
y escucho el monólogo del agua en las fuentes,
la soledad del arrayán,
el partal con su palmera,
la torre de la cautiva,
la rosa, la malva, el tilo,
el naranjo repleto de naranjas amargas,
la flor de azahar postrera
que la primavera traerá
en un vagón como pasajera,
las enredaderas...
También la hiedra.
Generalife, mágico guardián
entre los bosques
y los estanques,
descanso de estío,
rodeado de un ejército de cipreses,
de tibias fuentes
de las que crepitan
y brotan dulces palabras y
que describen parábolas en el aire,
entrecruzando
sus geometrías
en hilera.
En las fuentes y en los laberintos,
los niños y las niñas juegan.
En sus ojos brillan chispitas de colores,
y en su mochila
llevan una ventana nueva.
Mediodía de diciembre
y vengo a rencontrarme
con este paisaje de la infancia
cerca de los palacios de la Alhambra,
con la consiguiente fotografía de postal
que contiene la arquitectura irregular
de las casas del Albayzin,
la muralla escalonada,
unas cuantas iglesias,
una ermita en la parte alta,
la atmósfera de uralita y chumberas
del sacromonte,
la luz diáfana del sol
que deja ver los montes
más allá de las afueras,
la lógica del darro y de su valle.
En el interior,
revisito el patio de Lindaraja
y escucho el monólogo del agua en las fuentes,
la soledad del arrayán,
el partal con su palmera,
la torre de la cautiva,
la rosa, la malva, el tilo,
el naranjo repleto de naranjas amargas,
la flor de azahar postrera
que la primavera traerá
en un vagón como pasajera,
las enredaderas...
También la hiedra.
Generalife, mágico guardián
entre los bosques
y los estanques,
descanso de estío,
rodeado de un ejército de cipreses,
de tibias fuentes
de las que crepitan
y brotan dulces palabras y
que describen parábolas en el aire,
entrecruzando
sus geometrías
en hilera.
En las fuentes y en los laberintos,
los niños y las niñas juegan.
En sus ojos brillan chispitas de colores,
y en su mochila
llevan una ventana nueva.
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