Querida ausente (xxviii)

Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas 
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera...


Como tú, León Felipe 


Querida ausente: 

Hemos aceptado el regalo
envuelto en hiedra 
de la roca pura y desdeñosa,
que tiene una arista bondadosa,
y en este amanecer de piedra, 
un perdón 
envuelto en terciopelo
y franela de color rosa,
vendido por retales
con descuento
y en grandes cantidades,
nos libera del dolor. 

Contra lo áspero,
lo escaso y lo parco,
cabe la resistencia,
y la confianza 
en un presente inmediato
más amable,
en un tiempo que se abre 
acostumbrado
a vivir sin aplausos. 

Mas si uno escucha 
la retórica gastada
de un orador
y no la reprueba,
y no la discute,
es que nada ha entendido. 

El ave que vuela distinto,
no se ajusta 
a clasificaciones. 

Contigo, querida ausente,
he inventado
el arroyo que nace 
de la tierra,
el vuelo de una cometa
en una tarde con viento,
el mapa de las constelaciones,
la rosa que blanquea 
una mañana en la que la lluvia parece proponer 
su lenguaje
que no impresiona. 
Porque otoñece,
y si dios quiere,

pues no depende de mí,
vendrás. 
No sé cuándo, ni en qué fecha del calendario, 
ni si arrancaremos la hoja de los almanaques 
sucesivos 
que ya van caducando.

Las piedras del camino
nos saludarán 
y reiremos, reímos, 
sin maldad. 




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