Querida ausente (y veinte)
Querida ausente:
Le hemos entregado a la tarde
todo nuestro modesto esplendor,
la suma de colores que hace
que la rosa de septiembre
parezca nívea,
blanquecina.
Cuando el ciprés se yergue
en lo alto,
y la palmera
se vuelve ajena
al jardín urbano,
la soledad de las avenidas
recuerda
el ritmo
de una tarde
que fenece
tras el lápiz de las horas.
Entonces te dibujaré
con palabras
sentado en un banco,
bajo la luz tornasolada
del atardecer
y no sé si el resultado final
de mi pequeña obra
gustará a propios y extraños.
Lo que sé y lo que no sé,
se juntan
para alabarte,
en secreta armonía
y vocación manifiesta.
Le hemos entregado a la tarde
todo nuestro modesto esplendor,
la suma de colores que hace
que la rosa de septiembre
parezca nívea,
blanquecina.
Cuando el ciprés se yergue
en lo alto,
y la palmera
se vuelve ajena
al jardín urbano,
la soledad de las avenidas
recuerda
el ritmo
de una tarde
que fenece
tras el lápiz de las horas.
Entonces te dibujaré
con palabras
sentado en un banco,
bajo la luz tornasolada
del atardecer
y no sé si el resultado final
de mi pequeña obra
gustará a propios y extraños.
Lo que sé y lo que no sé,
se juntan
para alabarte,
en secreta armonía
y vocación manifiesta.
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