Querida ausente (xxxi)

Querida ausente:

Cuando era niño
solía beber de las fuentes
en los jardines del centro,
dar vueltas con la bicicleta
a la misma estatua
de la libertad incompleta,
revisar con asombro
el nombre de las calles y de las plazas,
quedarme fijando
en los números
de los autobuses,
y absorto ante el paisaje urbano.

También solía
mirar los mapas
en los atlas,
las banderas de los países
en las enciclopedias
y respondía a preguntas
sobre el color de tal o cual
bandera.

Caminaba, como cualquier niño,
junto a mi madre
por las calles llenas de gente
que olían a castañas
y a patatas asadas,
a lluvia y a tierra mojada,
y la tarde
era simple
como
el cielo
que se conmovía
al ponerse rojo
en la llegada del otoño.

Entonces entrábamos
en una librería
que tenía nombre de río antíguo,
dauro.

Allí pasaba las horas
mirando este libro
o aquel otro,
mirando este cuento,
este comic,
y el mundo era más humano,
más bondadoso.

Es por qué amo tanto leer
y por qué me encanta escribir.
Porque caminando,
caminante,
llegaba a los manantiales
de la lectura,
y ese era mi parque infantil.

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