Ambiciones poéticas

Cuando comencé
a escribir,
juntaba dos líneas,
inventaba un poema,
alababa a una chica que me gustaba.
Escribía cuentos sin nombre,
recorría las calles de Granada
con un discurso casi pastoril.

Nunca decidí
dedicarme a este oficio
de manera permanente
y mis ambiciones poéticas
son bien escasas.
Orfeo y Eurídice
están lejanos para mí.
Aunque los veo a diario
en calles
sin nombre,
en bares frecuentados,
por gentes
que deambulan
por ciudades gastadas.

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