Querida ausente (LXVI)
El otoño se acerca
El otoño se acerca con muy poco ruido:
Se diría que aquí no pasa nada,
Querida ausente:
El otoño ha venido
con su viento de presagios,
con su ejército cromático,
con los adornos clásicos
de esta estación
que sucumbe frente a
la inevitable noria de las estaciones.
Como una pieza de arte
que conservara
el esplendor de otro tiempo,
con la madurez adquirida
por un constante verso
que no se apaga,
ni se hunde en una ciénaga
para no volver.
El amor siempre es una apuesta por el riesgo
de no ser amado.
De la consecuencia,
se deriva un otoño de conclusiones,
conscientes
que traen,
en ocasiones,
el placer y la herida,
la gota de sangre que brota del dedo
al arrancar la blanca rosa.
Ha pasado un ángel,
como escribió Ángel González,
pero no se ha ido del todo,
porque hay rastros,
reminiscencias
de su paso celeste,
grabados en las constelaciones,
en los frisos de mármol de los muros,
en las piedras que en otro tiempo
permanecían desnudas
sin el sello de un nombre
que ahora las llama.
Ese ángel desnudo y abatido,
sin traje que cubra
su cuerpo,
se ha quedado
entre nosotros,
querida ausente.
Para rememorar
el esplendor, la decadencia,
la madurez y la dicha,
de sabernos ignorados
y al mismo tiempo
presentes
como aquéllos
que caminan
sabiendo
que corren el riesgo de encontrarse.
El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.
Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.
Y lo perdimos para siempre.
Ángel GonzálezQuerida ausente:
El otoño ha venido
con su viento de presagios,
con su ejército cromático,
con los adornos clásicos
de esta estación
que sucumbe frente a
la inevitable noria de las estaciones.
Como una pieza de arte
que conservara
el esplendor de otro tiempo,
con la madurez adquirida
por un constante verso
que no se apaga,
ni se hunde en una ciénaga
para no volver.
El amor siempre es una apuesta por el riesgo
de no ser amado.
De la consecuencia,
se deriva un otoño de conclusiones,
conscientes
que traen,
en ocasiones,
el placer y la herida,
la gota de sangre que brota del dedo
al arrancar la blanca rosa.
Ha pasado un ángel,
como escribió Ángel González,
pero no se ha ido del todo,
porque hay rastros,
reminiscencias
de su paso celeste,
grabados en las constelaciones,
en los frisos de mármol de los muros,
en las piedras que en otro tiempo
permanecían desnudas
sin el sello de un nombre
que ahora las llama.
Ese ángel desnudo y abatido,
sin traje que cubra
su cuerpo,
se ha quedado
entre nosotros,
querida ausente.
Para rememorar
el esplendor, la decadencia,
la madurez y la dicha,
de sabernos ignorados
y al mismo tiempo
presentes
como aquéllos
que caminan
sabiendo
que corren el riesgo de encontrarse.
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