Querida ausente (xliii)

Querida ausente:

He superado la noche fría
e imaginado tras el rescoldo
del amanecer
tu silueta
al otro lado
del espejo.

Después
me he despertado
más todavía
y le he dedicado
unos segundos
para descifrar
el aroma y el sabor
de este temprano deseo.

Más tarde, le he rebatido
la lógica al secuestrador de sueños,
y en este cotidiano Estocolmo,
no he hecho mías sus consignas,
no he hecho mío su reprobador
silencio
pero
he comprendido
la tristeza de un hombre,
el largo proceso
del crecimiento
de los pequeños árboles
hasta
que se hagan frondosos e inmensos.

Por eso,
hubo que tener piedad de Maquiavelo
aunque ése no fuera su nombre.

Cuando estabas,
el mundo,
salvo
maravillosos momentos,
tampoco era tan bello
y me agarraba
a las espinas
del tallo de la rosa
aunque mi mano sangrara.

Dejando a un lado el dolor,
te me apareces
en la imaginación
y, en ocasiones,
mientras duermo.

En esos casos,
vienes envuelta
en terciopelo,
tu cabello
brilla
y traes el libro que has escrito.

Mientras lo lees,
hay palabras que no entiendo
y otras que sí
pero fuera de contexto.

En tí, todo suena bien.
Incluso lo que te callas y no dices.









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