Querida ausente (LIV)
Querida ausente:
Cuando era niño,
la fábrica
del dolor y del amor,
tenían que ver
con un cuarto de estudio,
una máquina de escribir
antígua
y una nube de humo azul
de tabaco.
En dicho lugar,
aprendí de los mapas
del mundo,
dibujaba paisajes
con montañas,
árboles,
y un gran sol.
Asimismo,
comprendí
de la tristeza de una madre
que sufría
y de la oscuridad
de una cueva
sin estalagtitas ni estalagmitas
donde vivía
el trabajo de una profesora
de un colegio privado
de Granada,
coto donde la burguesía
llevaba a sus hijos,
a sacar el título de bup y cou.
En su juventud
quiso ser diseñadora de moda,
trabajó en el negocio familiar
y asumió problemas
que ni siquiera
le correspondían.
Pese a todo,
a veces tenía sentido del humor,
disfrutaba de la cocina,
que para ella era un arte
y pasaba horas enteras
diseñando experimentos gastronómicos.
La vida se le apagó una noche
como la luz de una vela
en el candil.
Mejor así. Ya le dijo adiós
a un mundo que le volvió
la espalda,
y del que ella prefirió alejarse.
Siempre, a contrarriente.
En su enfermedad,
recuerdo
que íbamos a la feria
el último día en el autobús
de la empresa municipal.
Y veíamos las casetas
ya medio desmontadas,
a las gentes cansadas
tras la semana de fiestas,
y nosotros caminábamos
constatando
que no fuímos invitados a la hora formal.
No éramos víctimas.
Simples supervivientes
de una lucha contra el tiempo
y ese tiempo para ella terminó.
Cuando era niño,
la fábrica
del dolor y del amor,
tenían que ver
con un cuarto de estudio,
una máquina de escribir
antígua
y una nube de humo azul
de tabaco.
En dicho lugar,
aprendí de los mapas
del mundo,
dibujaba paisajes
con montañas,
árboles,
y un gran sol.
Asimismo,
comprendí
de la tristeza de una madre
que sufría
y de la oscuridad
de una cueva
sin estalagtitas ni estalagmitas
donde vivía
el trabajo de una profesora
de un colegio privado
de Granada,
coto donde la burguesía
llevaba a sus hijos,
a sacar el título de bup y cou.
En su juventud
quiso ser diseñadora de moda,
trabajó en el negocio familiar
y asumió problemas
que ni siquiera
le correspondían.
Pese a todo,
a veces tenía sentido del humor,
disfrutaba de la cocina,
que para ella era un arte
y pasaba horas enteras
diseñando experimentos gastronómicos.
La vida se le apagó una noche
como la luz de una vela
en el candil.
Mejor así. Ya le dijo adiós
a un mundo que le volvió
la espalda,
y del que ella prefirió alejarse.
Siempre, a contrarriente.
En su enfermedad,
recuerdo
que íbamos a la feria
el último día en el autobús
de la empresa municipal.
Y veíamos las casetas
ya medio desmontadas,
a las gentes cansadas
tras la semana de fiestas,
y nosotros caminábamos
constatando
que no fuímos invitados a la hora formal.
No éramos víctimas.
Simples supervivientes
de una lucha contra el tiempo
y ese tiempo para ella terminó.
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