Marcello ama a Marlene.

Marcello ama a Marlene.
Claro, en algún momento
sintió celos de los hombres
que, según sus cálculos
acertados o no,
la rondaban.
Pero este no era un asunto nada peligroso
pues, en el fondo,
alababa
el gusto de los que se le acercaban
y también la capacidad de elección
y autonomía de esta mujer libre.

Marcello ama a Marlene.
En el peor de los casos,
sólo escribe versos cuando se aleja.
En el mejor de los casos,
cuando se acerca,
Marlene es el centro de su universo,
la estrella que brilla
en los días templados,
que fulge
como el sol en el ocaso.

Marcello ama a Marlene.
Nunca pensó en olvidarla,
pues el olvido no existe.
El recuerdo es una suerte de desmemoria frustrada
que se convierte en pensamiento recurrente.
En el caso de que un día,
Marlene no estuviera en su mundo,
inventaría otro, urbano o no,
donde ella estuviera presente
en la imaginación.
¿Cómo se puede decir adiós
a alguien que está muy dentro del corazón?

No se puede.

Marcello ama a Marlene.
Por eso, le dedica secretamente
poemas como éste.






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