Querida ausente (LXII)
En medio del invierno, encontré en mí un verano invencible, Albert Camus
Querida ausente:
Abrí el armario
y de una bolsa de viaje
saqué dos chalecos
que tejió mi madre
para el frío:
uno verde pino y otro granate.
La recuerdo
bajo la luz de la lámpara,
tricotando
con sus agujas de punto,
en el sofá o en una butaca,
silenciosa,
haciendo del paso un tiempo
un corto homenaje
al arte.
Ya echaba de menos
esta estación
donde los abrigos
y los paraguas
se vuelven elementos comunes
y la lluvia
construye
un pequeño concierto,
junto a las hojas,
en las aceras.
En esta travesía,
entre túneles del tiempo
ya conocidos,
la imagen de un cerezo
en un jardín descuidado,
perspectivas de ciudades
ajenas
y, al mismo tiempo,
tan propias.
Una niña de cinco años
lee un cuento
junto a su madre
en un vagón de tren.
Me inspira afecto y ternura.
Mi hijo me abraza
al saludarme
y al despedirme.
¡Cuánto amor se dice callando!
¡Cuánto amor rezuman sus palabras!
Tras la danza urbana,
quedan la soledad
y la melancolía
en mi camino.
En ese momento,
quisiera saber dónde te encuentras,
llamarte por teléfono y hablar contigo,
y aplazar todo pronóstico
sobre la congelación de los ríos
tras la nieve en la playa.
Por eso, convocaré a los poetas malditos,
a los que cruzaron la frontera
de lo imposible una y otra vez,
para fabricar este artefacto poético,
mezcla de deseo, realidad y ficción pura.
Tras sus poemas, nos veremos llegar.
No sé en qué contexto,
en qué lugar ni en qué momento,
no sé en qué oda ni en qué canto.
Pero será hermoso.
Querida ausente:
Abrí el armario
y de una bolsa de viaje
saqué dos chalecos
que tejió mi madre
para el frío:
uno verde pino y otro granate.
La recuerdo
bajo la luz de la lámpara,
tricotando
con sus agujas de punto,
en el sofá o en una butaca,
silenciosa,
haciendo del paso un tiempo
un corto homenaje
al arte.
Ya echaba de menos
esta estación
donde los abrigos
y los paraguas
se vuelven elementos comunes
y la lluvia
construye
un pequeño concierto,
junto a las hojas,
en las aceras.
En esta travesía,
entre túneles del tiempo
ya conocidos,
la imagen de un cerezo
en un jardín descuidado,
perspectivas de ciudades
ajenas
y, al mismo tiempo,
tan propias.
Una niña de cinco años
lee un cuento
junto a su madre
en un vagón de tren.
Me inspira afecto y ternura.
Mi hijo me abraza
al saludarme
y al despedirme.
¡Cuánto amor se dice callando!
¡Cuánto amor rezuman sus palabras!
Tras la danza urbana,
quedan la soledad
y la melancolía
en mi camino.
En ese momento,
quisiera saber dónde te encuentras,
llamarte por teléfono y hablar contigo,
y aplazar todo pronóstico
sobre la congelación de los ríos
tras la nieve en la playa.
Por eso, convocaré a los poetas malditos,
a los que cruzaron la frontera
de lo imposible una y otra vez,
para fabricar este artefacto poético,
mezcla de deseo, realidad y ficción pura.
Tras sus poemas, nos veremos llegar.
No sé en qué contexto,
en qué lugar ni en qué momento,
no sé en qué oda ni en qué canto.
Pero será hermoso.
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