Érase una vez una Maestra muy alta y un lobo cuentero

Érase una vez una Maestra
muy alta
y un lobo que no sabía contar cuentos.
La gente del pueblo temía al lobo,
porque decían que destrozaba
con sus afilados dientes
a las ovejas y a los niños,
y por eso estaban tan contentos
todos y todas
con aquella Maestra tan larga
como un día sin pan,
que garantizaba la paz en la comunidad.

Pero un buen día,
el lobo en su laboratorio de experimentos
inventó una escalera
para llegar a lo alto
de la Maestra
y poder hablarle respetuosamente.

"Ejem, ejem", dijo el Lobo comenzando.

De sobra era conocido, que si hubiera sido un hombre,
el lobo habría sido un hombrecillo de esos que abundan
en las oficinas grises de las grandes ciudades.

La Maestra le conminó a hablar:

"Vamos, Lobo, presuntuoso, ¿qué quieres de estas pobres gentes?"

El Lobo con total cortesía, contestó: "Quiero contar cuentos."

Entonces la Maestra lo miró con sorpresa, porque
había escuchado cosas espantosas
de aquel Lobo que maltrataba a los viejitos, abuelitos de sus alumnos,
y que a golpe de cuchillo asaltaba a las cabras
en lo alto de los montes.

"Bueno, pues si quieres contar cuentos, ven conmigo a la escuela
y podrás contar alguno."

Juntos caminaban y eran como el punto y la i.

Llegaron a la clase, a la que asistían todos los niños que él también conocía.

El Lobo empezó a contar historias con una guitarra de acompañamiento (en la realidad, era un disco que ponía el lobo porque se sabía sólo las notas fundamentales).

Los niños y niñas
pensaron que aquel animalucho, cucurucho, no podría ser tan malo
como sus mayores les habían contado y la Maestra que medía tres pisos de edificio
y él se hicieron silenciosos amigos y hasta hoy continúa su amistad.

Colorín, colorete, viví un tiempo en Algete.

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