Querida ausente (LXXXII)

Querida ausente:

Desde niño
se me dió bien
interpretar el papel de víctima
cuando los demás
no me prestaban demasiada atención.

De todos mis egoísmos,
de todos mis infantilismos,
supongo que conservo
la engrasada maquinaria
de echarle la culpa a los demás
de los males propios
construídos a hierro y fuego
por la tradición milenaria
de los escapistas.

Pero,
gracias a tí,
he enfrentado a mis fantasmas
interiores,
y ahora soy capaz
de mirarlos sin pestañear,
distinguir
cada dolor
en su coordenada aproximada,
cada placer en su antípoda.

La realidad
no sólo está hecha
de lunes grises de octubre
con lluvia en las aceras
y gentes con prisa
que atraviesan las calles
sin detenerse apenas
en reparar en la mirada
del prójimo.

Como juego,
tras la ventana de un autobús
observaba los nombres
de las plazas y las avenidas,
aprendía de las perspectivas
diversas,
de los ángulos y los enfoques
de Granada
y, poco a poco,
fuí construyendo
ese recinto amurallado
donde no caben las ideas desagradables,
sólo agrietado
por algunos paréntesis de agreste realidad.

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