Querida ausente (LXXXI)

Querida ausente:


En esta mañana propia
del otoño caminé
junto a un amigo
por la quinta de los molinos
mientras
me iba contando
vicisitudes
de su vida cotidiana.


El paisaje de los árboles
grandiosos,
de los almendros,
de los cerezos
sin flor,
junto a la quietud
de los estanques,
de las fuentes
donde se advierte
la transparencia
de sus aguas,
hizo que nuestro
paseo
fuera
agradable,
a pesar de la lluvia.


En esta estación,
que admite
la decadencia
en los gestos
de una naturaleza
acostumbrada,
pudimos observar
el tono ocre en las hojas,
la armonía de los muros
que
marcan la frontera con la ciudad.


Celebramos
la amistad
pese a la inclemencia
de un tiempo,
que no ha de ser de otra forma,
como barcas que navegan juntas
un trozo de río
para después separarse
no sin un abrazo.


Todos los lugares
que visitamos
son lugares por los que podría
pasear contigo.







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