Francesco Remiri era un mal tipo

Francesco Remiri* (a todas luces interpretación pseudoitaliana del nombre de una calle del barrio de la Guindalera, Francisco Remiro)


Francesco Remiri
era natural de Palermo y, un buen día,
abandonó su Sicilia natal para establecerse
en Madrid y entrar de aprendiz en un taller mecánico.


Conoció a Fiorella,
que también habitaba en dicha ciudad,
y había venido con sus padres
a los tres años de edad
desde Reggio Emilia.
Trabajaba en una fábrica de pan.
Desde el momento en
que se encontraron,
su relación pasó a ser más
una lucha por el poder
que un amable viaje de dos.


Él traía en su equipaje
la educación tradicional,
machista y recalcitrante
que situaba
a las Mujeres
a la altura de los floreros,
las lagunas en la educación sexual,
apenas sabía qué hacer en la intimidad
a la edad de 18 años,
haber sido un hijo despreciado
por su padre,
no querido
por una madre
que jamás lo reconocería
delante de un tribunal
ni quizás enfrente del mismo Dios.


Nunca mostraba sus sentimientos,
era uraño
y siempre venía de mal humor.


Los escasos medios de los que disponía
Fiorella,
junto al regreso de los padres de ésta
a su pueblo,
hacían muy difícil
que el joven matrimonio
se disolviera.


Al tiempo, llegaron los hijos
uno tras otro,
a llenar las ocupaciones
de los padres.


Francesco actuaba de pater-familias,
pero el destino
hizo que se enamorara
de veras de una mujer mayor
que él,
que apareció como un paréntesis,
para dejar claras cosas,
abrir la vía de cambios
desconocidos,
y entonces
todo cambió.


Reaprendió la lectura, la escritura,
la aritmética básica,
se mostraba esperanzado, alegre,
como el que ve una visión
fruto de un espejismo
en el desierto.


Pero aquella Mujer lo rechazó
y el siciliano
se dio a las mujeres de mala vida en ocasiones
porque su presupuesto
no era para tanto.


Francesco y Fiorella
tuvieron como detonante
para su ruptura
una fiesta de cumpleaños en un bar
de la doctora Barbieri,
amiga de la pareja,
en pleno centro de la capital.


La doctora Barbieri era romana,
de gran cultura dilatada.


A dicha celebración,
también vino la signora Transalpini,
miembro selecto de una familia de Milano.


Vivía una relación tóxica con su marido
pero ella lo ignoraba.


A Fiorella
le molestaba la idea
de que todo el mundo supiera
que su marido
era infiel
y que prefería el bar a
acompañarla a casa.


Se sentía sola,
en un mar urbano,
como una anémona
que no ve la luz
en la oscuridad del océano.


Francesco Remiri era un mal tipo.
Cuando llegó a casa,
la cosió a guantazos.


La juez que instruyó la causa,
pidió la extradición
y el alejamiento total
de los hijos de la pareja
con su padre.


Francesco murió una tarde
cuando se colocó
sobre las vías del tren
en Recoletos.


Triste final para una vida triste,
crónica de una muerte de perro abandonado.

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