Querida ausente (LXXXVIII)

Querida ausente:

En la mañana,
el árbol de hojas marrones
se desnuda
y sobre el suelo queda
rastro de su antíguo traje.

El tranvía avanza por la vía
sigiloso
por la avenida
de álamos semicubiertos,
como un ave de colores que
volara en el cielo,
gris y macilento,
de este fin de octubre.

Suena la música
alegre de un violín
en la radio de la oficina.

Un tambor acompaña
la melodía
y se restituye
la calma al cesar
su tintineo.

Estos acordes
acompañan
esas enormes ganas
de escribirte,
de leerte,
de mostrarte
la incansable lista de motivos
que me hacen
volver a tí,
aunque no creo
que sea del todo justo
este verbo,
pues no es necesario regresar,
ya que nunca inicié mi marcha.

Eres asignatura pendiente,
aplazada para la última convocatoria
en que tus ojos oficiarán
de árbitro, juez y guía,
y entonces no te juraré amor eterno,
porque me asusta este adjetivo
y elegiré el calificativo de lento,
para expresar mi pequeña contribución
a la causa.









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