Querida ausente (LXX)
Querida ausente:
En lugares
como grandes estaciones
de autobuses
he visto la mezquindad
de los hombres,
al valorar
la desesperación
de un inmigrante
como un insulto a la sociedad.
Dos guardias de seguridad
increpaban a un hombre africano
de unos treinta años
y le invitaban a marcharse
a la calle fría,
sin más excusa que hacer ruído.
Como un grito desgarrado
en el desierto,
aquel hombre,
sin duda,
sufría.
La maquinaria del mundo civilizado
lo relega
y lo considera como un trasto inservible
porque
no cumple con sus normas de hielo.
¿Qué saben
los que nunca cruzaron
un mar
para jugarse
la vida
como se siente
un hombre indefenso
frente a un país
que le es ajeno,
que habla el idioma
del dinero
y su lengua nativa
habla
con una ternura
que quedó allá lejos en la aldea natal?
El poeta se enfrenta al vigilante
y le incrimina su actitud. Vienen dos
de refuerzo
y me alejo
porque llego tarde a la oficina.
Mundo triste éste que decapita
al inocente.
En lugares
como grandes estaciones
de autobuses
he visto la mezquindad
de los hombres,
al valorar
la desesperación
de un inmigrante
como un insulto a la sociedad.
Dos guardias de seguridad
increpaban a un hombre africano
de unos treinta años
y le invitaban a marcharse
a la calle fría,
sin más excusa que hacer ruído.
Como un grito desgarrado
en el desierto,
aquel hombre,
sin duda,
sufría.
La maquinaria del mundo civilizado
lo relega
y lo considera como un trasto inservible
porque
no cumple con sus normas de hielo.
¿Qué saben
los que nunca cruzaron
un mar
para jugarse
la vida
como se siente
un hombre indefenso
frente a un país
que le es ajeno,
que habla el idioma
del dinero
y su lengua nativa
habla
con una ternura
que quedó allá lejos en la aldea natal?
El poeta se enfrenta al vigilante
y le incrimina su actitud. Vienen dos
de refuerzo
y me alejo
porque llego tarde a la oficina.
Mundo triste éste que decapita
al inocente.
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